Son las 12:30 a.m., hace 20 minutos acabé el primer cigarrillo del día. Lo esperé con cierto grado de ansiedad, porque estoy comenzando mi tercer día de penitencia, que consiste en fumar la mitad de los cigarrillos que normalmente fumo.
Mientras estaba sentada en el piso del balcón, echando humo por la boca y mirando el cielo con la esperanza de ver las luces de algún OVNI, pensaba en que, definitivamente, me gusta fumar. Lo disfruto, pero es un raro placer que algo tendrá que ver con alguna deficiencia o alteración cerebral, porque sabe mal y huele mal. En un momento me quedé mirando ese rollo delgado de tabaco, papel y filtro tratando de encontrar una razón para fumar. Y creo haberla encontrado: esos cinco minutos en los que mi boca parece el exosto de un vehículo altamente contaminante son fundamentales para meditar. Son cinco minutos en los que me sustraigo, me aíslo, pongo distancia entre el mundo y yo, lo que me permite observarlo todo como si estuviera en un mirador con vista panorámica. Cinco minutos en los que muchas veces encuentro inspiración y otras tantas, el ánimo para continuar o emprender alguna actividad que no me anima mucho. Y a veces esos cinco minutos son también un premio que me doy cuando termino algo que me ha costado esfuerzo.
Para Diani ha sido evidente el poder inspirador del cigarrillo, y cuando trabajábamos juntas varias veces me dijo, después de leer algún texto que me había solicitado: “Oye, baja a fumar, pero llévate papel y lápiz”. Y funcionaba: cuando subía y le entregaba el escrito, sonreía en señal de aprobación.
Llevo 35 años fumando, es más, creo que estoy de aniversario. Fumo desde que vi a mis amigas, ¡se veían tan adultas! Y yo, con esas ganas de verme grande, les pedí que me enseñaran. Desde entonces, creo, sólo he parado dos veces: durante los embarazos. No sé si lo deje algún día; sé que hace daño, sé que el olor que deja en las manos, la boca, el cabello, la piel y la ropa no tiene nada de sexy, sé que es una estupidez… pero es que me da la excusa perfecta para tener unos minutos de inmersión en mi propio mundo cada día. O, mejor, son el mejor camino para llegar allí.
Por ahora, lo estoy resistiendo, ha sido menos traumático que lo que temía. Pero no me atrevo a proponerme dejarlo porque, como dijo un amigo mío, mi fuerza de voluntad está sin estrenar y porque soy la principal saboteadora de mis propósitos. El domingo vence el plazo de esta especie de autoflagelación. Sólo espero resistir hasta entonces.
P.D.: Qué vaina, tardé dos décadas y media para entender aquello de "venga al mundo Marlboro". Que no es más que el mío.
Mientras estaba sentada en el piso del balcón, echando humo por la boca y mirando el cielo con la esperanza de ver las luces de algún OVNI, pensaba en que, definitivamente, me gusta fumar. Lo disfruto, pero es un raro placer que algo tendrá que ver con alguna deficiencia o alteración cerebral, porque sabe mal y huele mal. En un momento me quedé mirando ese rollo delgado de tabaco, papel y filtro tratando de encontrar una razón para fumar. Y creo haberla encontrado: esos cinco minutos en los que mi boca parece el exosto de un vehículo altamente contaminante son fundamentales para meditar. Son cinco minutos en los que me sustraigo, me aíslo, pongo distancia entre el mundo y yo, lo que me permite observarlo todo como si estuviera en un mirador con vista panorámica. Cinco minutos en los que muchas veces encuentro inspiración y otras tantas, el ánimo para continuar o emprender alguna actividad que no me anima mucho. Y a veces esos cinco minutos son también un premio que me doy cuando termino algo que me ha costado esfuerzo.
Para Diani ha sido evidente el poder inspirador del cigarrillo, y cuando trabajábamos juntas varias veces me dijo, después de leer algún texto que me había solicitado: “Oye, baja a fumar, pero llévate papel y lápiz”. Y funcionaba: cuando subía y le entregaba el escrito, sonreía en señal de aprobación.
Llevo 35 años fumando, es más, creo que estoy de aniversario. Fumo desde que vi a mis amigas, ¡se veían tan adultas! Y yo, con esas ganas de verme grande, les pedí que me enseñaran. Desde entonces, creo, sólo he parado dos veces: durante los embarazos. No sé si lo deje algún día; sé que hace daño, sé que el olor que deja en las manos, la boca, el cabello, la piel y la ropa no tiene nada de sexy, sé que es una estupidez… pero es que me da la excusa perfecta para tener unos minutos de inmersión en mi propio mundo cada día. O, mejor, son el mejor camino para llegar allí.
Por ahora, lo estoy resistiendo, ha sido menos traumático que lo que temía. Pero no me atrevo a proponerme dejarlo porque, como dijo un amigo mío, mi fuerza de voluntad está sin estrenar y porque soy la principal saboteadora de mis propósitos. El domingo vence el plazo de esta especie de autoflagelación. Sólo espero resistir hasta entonces.
P.D.: Qué vaina, tardé dos décadas y media para entender aquello de "venga al mundo Marlboro". Que no es más que el mío.

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