Sé que me quejo mucho, Dramifú. Pero, en el fondo todo esto me ha gustado. Es que el año pasado era un grupo de 15, que al final quedó en 13, y este año me tocó un cambio demasiado brusco para una profesora novata como yo, pues la cantidad de alumnos creció en más del mil por ciento. Imagínate, Dramifú, pasar de 13 estudiantes a más de 150. ¡Todavía no sé el nombre de muchos! Es, más o menos, como pedirle a un arquitecto recién graduado que construya una casa en cuatro meses y cuando la termina, pedirle que construya una urbanización en el mismo tiempo.
Estos cuatro meses se me han ido entre preparar clases, diseñar talleres y actividades, revisar esos talleres y actividades, responder preguntas, asesorar en trabajos escritos, orientar en la formulación de tesis, aplicar exámenes, atender quejas y reclamos, gritar hasta quedar afónica para lograr que mi voz se imponga sobre las de los bulleros y hacer frecuentes llamados de atención: “¡Fulano, cierra Facebook! ¡Sutano, te he dicho cien mil veces que está prohibido chatear! ¡Oye, pelao’, que no puedes jugar ni Habo ni Guerra de pandillas, carajo!”. Pero después me río, cuando no me ven, porque sé que si estuviera en su lugar yo también haría lo mismo.
No ha sido fácil, Dramifú. Este año han sido 25 alumnos por aquí, 19 por allá, 20 más por acá y, más allá, casi 100 en dos grupos. Estos últimos son los que me han tenido al borde del colapso. Con ellos he ejercitado la paciencia hasta fortalecerla; con ellos he tenido que aprender a respirar profundo para dominar al monstruo que llevo dentro, porque advierto que no soy yo cuando me enfurezco y no quería dejarles ver mi lado oscuro. Además, tampoco era conveniente que supieran qué me sacaba la piedra porque si no… ¡pailas! No dejarían de montarla.
Sé que no me pagan para caerles bien sino para que les enseñe, Dramifú, pero es que no me propuse caerles bien sino que la simpatía que algunos terminaron sintiendo por mí les nació silvestre, naturalmente, porque a punta de respirar profundo, de contenerme para no descomponerme, de no responder agresión con agresión, logré romper sus barreras y acercarme a sus corazones. Sí, Dramifú, me les asomé al alma y encontré pozos profundos de los que brotan chorros de frustración, y esos chorros son los que gruñen mientras suben por sus gargantas y revientan labios afuera convertidos en esa algarabía que hace que mi explicación sobre la coherencia y la cohesión se pierda en el salón de clase.
Y, bueno, sé que no me pagan para caerles bien, pero te decía que me les he asomado al alma y esas almas inquietas, incómodas, inconformes lograron tocar la mía hasta hacer convulsionar mi conciencia. Porque estuve a punto de rendirme, Dramifú, y de abandonarlos cuando todavía tenía algo de fuerzas para echar reversa. Pero esas almas me hicieron decidir entre irme como una profesora de la que aprendieron poco o nada y quedarme para ser una maestra que les dejó alguna enseñanza de esas cuya fecha de vencimiento no coincide con la de las vacaciones. Y yo quise ser maestra, aunque no sepan dónde va la coma ni escribir un párrafo coherente ni aplicar bien la regla EGA.
Uno a uno, poco a poco, varios de esos casi cien muchachos que en los primeros dos meses estuvieron a punto de enloquecerme se fueron ganando mi corazón, Dramifú. Estoy cansada, eso sí, porque tanta algarabía agota. Pero, ¡qué carajo!, son cálidos y me han conmovido, como aquellos que al salir de clases me gritan “¡Teacher!”, y agregan un “la amamos” cuando me volteo a mirarlos. Me conmueven con sus palabras, con sus gestos, con sus muestras de que están evolucionando, como la alumna que felicité ayer por su cambio de actitud en mi clase, porque, le confesé, al principio fue para mí lo que los gringos llaman “a pain in the ass”. Y como la inquieta y curiosa estudiante que cuando se acerca a saludarme aparta con suavidad el cabello que me tapa los ojos.
En 8 días dejarán de ser mis alumnos y en 20 días ya no quedará uno solo bajo mi tutela. Se irán de vacaciones y los que decidan no desertar tendrán nuevos profesores. Muy seguramente se olvidarán de la profe Salma, pero yo no podré olvidarlos. Recordaré, en especial, a:
Estos cuatro meses se me han ido entre preparar clases, diseñar talleres y actividades, revisar esos talleres y actividades, responder preguntas, asesorar en trabajos escritos, orientar en la formulación de tesis, aplicar exámenes, atender quejas y reclamos, gritar hasta quedar afónica para lograr que mi voz se imponga sobre las de los bulleros y hacer frecuentes llamados de atención: “¡Fulano, cierra Facebook! ¡Sutano, te he dicho cien mil veces que está prohibido chatear! ¡Oye, pelao’, que no puedes jugar ni Habo ni Guerra de pandillas, carajo!”. Pero después me río, cuando no me ven, porque sé que si estuviera en su lugar yo también haría lo mismo.
No ha sido fácil, Dramifú. Este año han sido 25 alumnos por aquí, 19 por allá, 20 más por acá y, más allá, casi 100 en dos grupos. Estos últimos son los que me han tenido al borde del colapso. Con ellos he ejercitado la paciencia hasta fortalecerla; con ellos he tenido que aprender a respirar profundo para dominar al monstruo que llevo dentro, porque advierto que no soy yo cuando me enfurezco y no quería dejarles ver mi lado oscuro. Además, tampoco era conveniente que supieran qué me sacaba la piedra porque si no… ¡pailas! No dejarían de montarla.
Sé que no me pagan para caerles bien sino para que les enseñe, Dramifú, pero es que no me propuse caerles bien sino que la simpatía que algunos terminaron sintiendo por mí les nació silvestre, naturalmente, porque a punta de respirar profundo, de contenerme para no descomponerme, de no responder agresión con agresión, logré romper sus barreras y acercarme a sus corazones. Sí, Dramifú, me les asomé al alma y encontré pozos profundos de los que brotan chorros de frustración, y esos chorros son los que gruñen mientras suben por sus gargantas y revientan labios afuera convertidos en esa algarabía que hace que mi explicación sobre la coherencia y la cohesión se pierda en el salón de clase.
Y, bueno, sé que no me pagan para caerles bien, pero te decía que me les he asomado al alma y esas almas inquietas, incómodas, inconformes lograron tocar la mía hasta hacer convulsionar mi conciencia. Porque estuve a punto de rendirme, Dramifú, y de abandonarlos cuando todavía tenía algo de fuerzas para echar reversa. Pero esas almas me hicieron decidir entre irme como una profesora de la que aprendieron poco o nada y quedarme para ser una maestra que les dejó alguna enseñanza de esas cuya fecha de vencimiento no coincide con la de las vacaciones. Y yo quise ser maestra, aunque no sepan dónde va la coma ni escribir un párrafo coherente ni aplicar bien la regla EGA.
Uno a uno, poco a poco, varios de esos casi cien muchachos que en los primeros dos meses estuvieron a punto de enloquecerme se fueron ganando mi corazón, Dramifú. Estoy cansada, eso sí, porque tanta algarabía agota. Pero, ¡qué carajo!, son cálidos y me han conmovido, como aquellos que al salir de clases me gritan “¡Teacher!”, y agregan un “la amamos” cuando me volteo a mirarlos. Me conmueven con sus palabras, con sus gestos, con sus muestras de que están evolucionando, como la alumna que felicité ayer por su cambio de actitud en mi clase, porque, le confesé, al principio fue para mí lo que los gringos llaman “a pain in the ass”. Y como la inquieta y curiosa estudiante que cuando se acerca a saludarme aparta con suavidad el cabello que me tapa los ojos.
En 8 días dejarán de ser mis alumnos y en 20 días ya no quedará uno solo bajo mi tutela. Se irán de vacaciones y los que decidan no desertar tendrán nuevos profesores. Muy seguramente se olvidarán de la profe Salma, pero yo no podré olvidarlos. Recordaré, en especial, a:
- Aquel estudiante que me dijo una vez: “Profe, ¿sabe pa’qué estudio? Pa’ ser todo lo que mi papá no ha sido”. Su padre los abandonó cuando él era pequeño y aunque vive en la isla, casi nunca pasa a verlos ni a él ni a su hermano. Tragué en seco.
- Aquel par que me confesó, con mucho humor, entre risas, que tenían en común que a ambos los abandonaron sus padres y que sus madres están viviendo con tipos que tienen el mismo nombre. Pero detrás de esas risas destelló un rayo de tristeza… es que a nadie le resbala por completo haber sido abandonado o rechazado por su padre. Algo de dolor deja.
- Aquel grupo de cuarenta y tantos estudiantes que no levantaron la mano cuando les pregunté quiénes estaban estudiando lo que realmente querían estudiar y que hicieron que me sintiera estúpida cuando la respuesta casi unánime a mi ¿por qué? fue: “Porque para estudiar lo que quiero tengo que irme al continente y mi familia no tiene la plata, seño”.
2 comentarios:
enhorabuena por el curro, cuidado con esos bichos listejos, haber si te van a salir alguno como yo, y no hay cabida en este mundo para ello
saludos...
dani
No te preocupes, Dios te hizo y destruyó el molde. Un abrazo, Dany.
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