A veces, cuando termina una película en la tele o en el dvd, me da por levantarme de la cama bailando al ritmo de la música de los créditos, especialmente si es hip-hop o algo por el estilo. No, no es que baile como si me estuvieran viendo… todo lo contrario, como si nadie existiera.
Un día, mi hijo mayor se quedó mirándome y dijo: “Tú sí que bailas feo”. No le pregunté si él cree que siempre bailo así o qué. No importa. El hecho es que eso me llevó a recordar la época en que pertenecí a un ballet folclórico en Cartagena (supongo que no lo hago tan mal si me aceptaron). En fin... el hecho es que recordé aquella época y algunos episodios de mi vida que ocurrieron en ese ambiente de bailarina de cumbia, bullerengue, seresesé, contradanza, puya loca y currulao. Esta es una de esas:
Yo tenía 22 años. Una madrugada, después de una presentación en un grill que quedaba en El Laguito, todos los integrantes del grupo estábamos sentados en las escaleras del centro comercial en donde quedaba el sitio. Dos o tres personas que yo no conocía estaban hablando con la directora del grupo. Uno de ellos, un hombre alto, de barba y bigote, se me acercó y comenzó a hacerme preguntas. Mejor dicho, estaba ‘echándome los perros’. Yo le respondía con evasivas o con mentiras.
“¿Dónde vives?”, preguntó finalmente. “En Manga”, le contesté. “¿En qué parte de Manga?”. Le contesté con tanta seriedad que casi me lo creo: “En el Cuarto Callejón”. El tipo me miró serio y volvió a preguntarme mi dirección. “¡Ándale!”, le dije, “¿por qué no me crees? Vivo en Manga en el Cuarto Callejón”. El tipo me miró un ratico fijamente y luego me dijo: “¿Sabes qué? Yo voy a dar con tu casa”. “¡Eeeeh!”, le dije. “¡Pero si te estoy diciendo que vivo en Manga en el Cuarto Callejón, oye!”. Él dio la espalda y se alejó.
Varios días después, una mañana en que estaba recién levantada de la cama y con una pinta como para no asomarse ni a la ventana, sonó el timbre de mi casa (en Bocagrande, no en Manga, jeje). “Te buscan”, me dijo mi mamá. “¿Quién es? Es que mira la pinta que tengo, me da pena salir así”. “Es Carmiña”, me dijo. Ah, bueno, con ella no me daba pena, así que salí del cuarto y enfilé por el corredor hacia la puerta donde estaba ella parada y sonriente.
“Quiubo, mija. Adivina quién vino a verte”. Yo miré hacia la calle, sonriente, pero lista para esconderme detrás de la puerta para que el incógnito personaje no me viera. Por la forma en que habló, me imaginé que era alguien que yo conocía y que hacía raaaato no veía. O sea.... una sorpresa agradable. Pero... “ni idea. ¿Quién?” Y el hombre alto, de barba y bigote, entró en escena; había estado escondido a un lado de la puerta. “Te dije que iba a dar con tu casa”, me dijo señalándome con el índice. A mí se me congeló la sonrisa; por un lado, por la facha con que me encontró, justo para que comprobara que es absolutamente cierto eso de que “de noche todos los gatos son pardos”. Segundo, por haber sido descubierta en mi mentira. Después de eso quedé como en trance y lo único que puedo recordar es la irónica sonrisa de vencedor que iluminaba la cara del barbudo y la risita de idiota que me entró. De ahí en adelante le eché mano al mejor recurso argumentativo para evadir situaciones incómodas: la verdad y nada más que la verdad.
Un día, mi hijo mayor se quedó mirándome y dijo: “Tú sí que bailas feo”. No le pregunté si él cree que siempre bailo así o qué. No importa. El hecho es que eso me llevó a recordar la época en que pertenecí a un ballet folclórico en Cartagena (supongo que no lo hago tan mal si me aceptaron). En fin... el hecho es que recordé aquella época y algunos episodios de mi vida que ocurrieron en ese ambiente de bailarina de cumbia, bullerengue, seresesé, contradanza, puya loca y currulao. Esta es una de esas:
Yo tenía 22 años. Una madrugada, después de una presentación en un grill que quedaba en El Laguito, todos los integrantes del grupo estábamos sentados en las escaleras del centro comercial en donde quedaba el sitio. Dos o tres personas que yo no conocía estaban hablando con la directora del grupo. Uno de ellos, un hombre alto, de barba y bigote, se me acercó y comenzó a hacerme preguntas. Mejor dicho, estaba ‘echándome los perros’. Yo le respondía con evasivas o con mentiras.
“¿Dónde vives?”, preguntó finalmente. “En Manga”, le contesté. “¿En qué parte de Manga?”. Le contesté con tanta seriedad que casi me lo creo: “En el Cuarto Callejón”. El tipo me miró serio y volvió a preguntarme mi dirección. “¡Ándale!”, le dije, “¿por qué no me crees? Vivo en Manga en el Cuarto Callejón”. El tipo me miró un ratico fijamente y luego me dijo: “¿Sabes qué? Yo voy a dar con tu casa”. “¡Eeeeh!”, le dije. “¡Pero si te estoy diciendo que vivo en Manga en el Cuarto Callejón, oye!”. Él dio la espalda y se alejó.
Varios días después, una mañana en que estaba recién levantada de la cama y con una pinta como para no asomarse ni a la ventana, sonó el timbre de mi casa (en Bocagrande, no en Manga, jeje). “Te buscan”, me dijo mi mamá. “¿Quién es? Es que mira la pinta que tengo, me da pena salir así”. “Es Carmiña”, me dijo. Ah, bueno, con ella no me daba pena, así que salí del cuarto y enfilé por el corredor hacia la puerta donde estaba ella parada y sonriente.
“Quiubo, mija. Adivina quién vino a verte”. Yo miré hacia la calle, sonriente, pero lista para esconderme detrás de la puerta para que el incógnito personaje no me viera. Por la forma en que habló, me imaginé que era alguien que yo conocía y que hacía raaaato no veía. O sea.... una sorpresa agradable. Pero... “ni idea. ¿Quién?” Y el hombre alto, de barba y bigote, entró en escena; había estado escondido a un lado de la puerta. “Te dije que iba a dar con tu casa”, me dijo señalándome con el índice. A mí se me congeló la sonrisa; por un lado, por la facha con que me encontró, justo para que comprobara que es absolutamente cierto eso de que “de noche todos los gatos son pardos”. Segundo, por haber sido descubierta en mi mentira. Después de eso quedé como en trance y lo único que puedo recordar es la irónica sonrisa de vencedor que iluminaba la cara del barbudo y la risita de idiota que me entró. De ahí en adelante le eché mano al mejor recurso argumentativo para evadir situaciones incómodas: la verdad y nada más que la verdad.
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