Me gusta bailar. Siempre me ha gustado y soy una bailarina profesional frustrada. Ese sueño de ser una gran bailarina de danza clásica, de ballet, estuve a punto de lograrlo a los 10 años, cuando en esta tierra de pocas oportunidades mi madre me inscribió en Boston School, una academia de inglés y ballet clásico dirigido por una cincuentona gringa. Cincuentona amargada como ninguna, con su cabello de Barbie de los años 60, tan tieso como su cara.
Era miss Mónica, una oportunista que, tras un frustrado 'sueño americano’, habrá venido en busca del sueño latinoamericano (un amante, digo yo), que aterrizó en esta islita perdida en el Caribe y para mantenerse económicamente montó su escuela. La gran cosa, el gran acontecimiento para este pueblo que entonces no tendría más de 15 mil habitantes, unos cuantos colegios, dos salas de cine y mucho mar, que era (y sigue siendo) el gran parque de diversiones del pueblo raso y de la aristocracia local.
Zory, Viole, Marie Ann, Javier, Jack, Frank y, por supuesto, mi hermana y yo, por decisión de nuestras madres deseosas de que avanzáramos un peldaño en la escala de habilidades artísticas y de que aprendiéramos algo más que yes, mother, father, thank you and please, nos inscribieron en la bendita academia. Un mes, dos meses… creo que no llegamos a los tres: nuestras madres terminaron por convencerse de que, tal como lo habíamos denunciado sin éxito en dos ocasiones, los métodos pedagógicos de la dueña-directora no eran convenientes para la salud mental de sus polluelos.
Por ejemplo, en un día de ira incontenible, lanzó el maletín de Javier a la mitad de la calle, a mí me reventó tres veces seguidas contra las paredes del salón (de madera, afortunadamente) porque me estaba riendo (reacción nerviosa ante su ataque de histeria) y a Zori le restregó la cara contra el vidrio de la puerta principal.
En otra ocasión, en plena clase de inglés, me ordenó botar el chicle. Como no vi caneca cerca, lo lancé con fuerza y cayó al otro lado de la calle, en un lote enmontado. La Endora me ordenó que lo buscara, lo recogiera y lo echara a una caneca. Protesté. “Está oscurísimo, ¿cómo voy a encontrarlo?”, le dije. “No me importa, como sea, lo trae y lo echa a una caneca”. Total: perdí el tiempo de clase tratando de encontrar el bendito chicle sin lograrlo. “Pero esto no se queda así”, le dije a Jack. “Mañana me traes unos huevos, que se los voy a tirar a esta vieja loca”. Y Jack se lo tomó a pecho: al día siguiente me entregó un par de huevos cuando salimos de clases.
¡Zaz! Cayó el primero justo sobre el papel en que escribía. Muy tiesa, (y muy maja, hay que reconocerlo), miss Mónica limpió sus gafas, botó el papel, limpió su escritorio y siguió escribiendo en otra hoja. ¡Zaz! Le zampé el segundo. Esta vez sí se levantó de la silla y salió corriendo hacia la puerta para ver quién carajo lo había hecho. Gracias a Dios alcancé a esconderme.
La clase de ballet no era más agradable. Una vez me obligó a doblar tanto el cuerpo que sentí que la columna se me zafaba. Salí de clase con tanta piedra que le saboteé la sesión con el siguiente grupo: le rayé el disco de La Danza de los Cisnes lanzando un tarro vacío de talcos Mexana sobre el tocadiscos (les recuerdo: de fonógrafo se pasó a radiola, de radiola a tocadiscos, de tocadiscos a equipo de sonido). Nuevamente alcancé a esconderme cuando se asomó para descubrir al culpable.
Bueno, el cuento es que por culpa de miss Mónica soy una bailarina frustrada. Pero aunque no hice mucha escuela (algunas clases de baile en el colegio y participación en un grupo de danzas folclóricas), me encanta bailar y lo hago cada vez que puedo… pero generalmente en la intimidad de mi casa. Bailo porque me gusta, bailo porque me reanima, bailo porque me alegra, bailo porque me sube el ánimo. Bailar es una recarga de energía y cuando veo a alguien que baila con gusto, aunque no sea un buen bailarín… me dan ganas de hacer lo mismo.
Hoy recibí por mail este video, me encantó y creo que es un buen argumento para comprobar mi tesis de que el baile es una recarga, y que cuando alguien baila con gusto puede producir una positiva reacción en cadena. La dirección original es http://antwrp.gsfc.nasa.gov/apod/ap080722.html. Disfrútenlo, bailen cada vez que puedan y sigan bailando, que azotar baldosa hace que fluya la alegría. En otras palabras: una pista de baile, cualquiera que sea, es como un lagar en el que se le saca jugo a la vid...a.
Era miss Mónica, una oportunista que, tras un frustrado 'sueño americano’, habrá venido en busca del sueño latinoamericano (un amante, digo yo), que aterrizó en esta islita perdida en el Caribe y para mantenerse económicamente montó su escuela. La gran cosa, el gran acontecimiento para este pueblo que entonces no tendría más de 15 mil habitantes, unos cuantos colegios, dos salas de cine y mucho mar, que era (y sigue siendo) el gran parque de diversiones del pueblo raso y de la aristocracia local.
Zory, Viole, Marie Ann, Javier, Jack, Frank y, por supuesto, mi hermana y yo, por decisión de nuestras madres deseosas de que avanzáramos un peldaño en la escala de habilidades artísticas y de que aprendiéramos algo más que yes, mother, father, thank you and please, nos inscribieron en la bendita academia. Un mes, dos meses… creo que no llegamos a los tres: nuestras madres terminaron por convencerse de que, tal como lo habíamos denunciado sin éxito en dos ocasiones, los métodos pedagógicos de la dueña-directora no eran convenientes para la salud mental de sus polluelos.
Por ejemplo, en un día de ira incontenible, lanzó el maletín de Javier a la mitad de la calle, a mí me reventó tres veces seguidas contra las paredes del salón (de madera, afortunadamente) porque me estaba riendo (reacción nerviosa ante su ataque de histeria) y a Zori le restregó la cara contra el vidrio de la puerta principal.
En otra ocasión, en plena clase de inglés, me ordenó botar el chicle. Como no vi caneca cerca, lo lancé con fuerza y cayó al otro lado de la calle, en un lote enmontado. La Endora me ordenó que lo buscara, lo recogiera y lo echara a una caneca. Protesté. “Está oscurísimo, ¿cómo voy a encontrarlo?”, le dije. “No me importa, como sea, lo trae y lo echa a una caneca”. Total: perdí el tiempo de clase tratando de encontrar el bendito chicle sin lograrlo. “Pero esto no se queda así”, le dije a Jack. “Mañana me traes unos huevos, que se los voy a tirar a esta vieja loca”. Y Jack se lo tomó a pecho: al día siguiente me entregó un par de huevos cuando salimos de clases.
¡Zaz! Cayó el primero justo sobre el papel en que escribía. Muy tiesa, (y muy maja, hay que reconocerlo), miss Mónica limpió sus gafas, botó el papel, limpió su escritorio y siguió escribiendo en otra hoja. ¡Zaz! Le zampé el segundo. Esta vez sí se levantó de la silla y salió corriendo hacia la puerta para ver quién carajo lo había hecho. Gracias a Dios alcancé a esconderme.
La clase de ballet no era más agradable. Una vez me obligó a doblar tanto el cuerpo que sentí que la columna se me zafaba. Salí de clase con tanta piedra que le saboteé la sesión con el siguiente grupo: le rayé el disco de La Danza de los Cisnes lanzando un tarro vacío de talcos Mexana sobre el tocadiscos (les recuerdo: de fonógrafo se pasó a radiola, de radiola a tocadiscos, de tocadiscos a equipo de sonido). Nuevamente alcancé a esconderme cuando se asomó para descubrir al culpable.
Bueno, el cuento es que por culpa de miss Mónica soy una bailarina frustrada. Pero aunque no hice mucha escuela (algunas clases de baile en el colegio y participación en un grupo de danzas folclóricas), me encanta bailar y lo hago cada vez que puedo… pero generalmente en la intimidad de mi casa. Bailo porque me gusta, bailo porque me reanima, bailo porque me alegra, bailo porque me sube el ánimo. Bailar es una recarga de energía y cuando veo a alguien que baila con gusto, aunque no sea un buen bailarín… me dan ganas de hacer lo mismo.
Hoy recibí por mail este video, me encantó y creo que es un buen argumento para comprobar mi tesis de que el baile es una recarga, y que cuando alguien baila con gusto puede producir una positiva reacción en cadena. La dirección original es http://antwrp.gsfc.nasa.gov/apod/ap080722.html. Disfrútenlo, bailen cada vez que puedan y sigan bailando, que azotar baldosa hace que fluya la alegría. En otras palabras: una pista de baile, cualquiera que sea, es como un lagar en el que se le saca jugo a la vid...a.
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