26 de enero de 2009

Pedir un aventón – Echar dedo – Pedir chance – Hacer autostop

Pedir chance es una costumbre universal: tanto en Sudáfrica como en Polonia, tanto en Estados Unidos como en India, en Australia y en Colombia se pide chance, se echa dedo, se hace autostop, se pide un aventón. Las razones para hacerlo son muchas: falta de dinero, escasez de transporte público, ganas de aventurar, solidaridad con las futuras generaciones (menos consumo de combustibles fósiles = menos calentamiento global), etc. Desde que era adolescente tengo esa costumbre y aún la tengo. Mis razones: diversión, falta de dinero, falta de transporte público y a veces… porque sí. El tipo de vehículo es lo de menos, lo importante siempre ha sido que ande y que me lleve.

Cartagena, 1974

No recuerdo cuándo fue la primera vez que pedí chance, pero la memoria me lleva hasta 1974, cuando estaba en 6°. El colegio El Carmelo quedaba en una casona de Bocagrande, pero como no tenía suficiente espacio para hacer deportes en clases de Educación Física, teníamos que trasladarnos hasta el coliseo de la Armada Nacional, que quedaba a unas 10 cuadras. El bus del colegio nos llevaba hasta allá.

Un día, a Gisela y a mi nos dio por irnos aparte. Salimos antes que el bus y comenzamos a caminar, pero al ratico nos entró la flojera, pues el sol ya estaba recalentando el asfalto de la calle y el cemento de la acera. No habíamos caminado tres cuadras cuando echamos dedo. Un señor muy amable, que conducía un cuatro ruedas de un caballo de fuerza, nos recogió. “¡Ustedes son locas!”, gritó una de nuestras compañeras cuando el bus del colegio pasó al lado nuestro, mientras las demás se burlaban. Nosotras, que no habíamos parado de reírnos desde que nos subimos, soltamos las carcajadas mientras nos bamboleábamos en la parte trasera de la vieja carreta cargada de hierba seca y tirada por un caballo de finca.

Cartagena, 1979

El conductor del carro color crema y modelo sesenta y pico frenó lentamente hasta parar. Todas echamos a correr. Oli, Pachi y las mellas se embutieron atrás y yo, que era la que había echado dedo, me subí adelante. Cuando estábamos frente a mi casa, le pedí al conductor que parara. El tipo frenó y le di las gracias; pero, al abrir la puerta, me quedé con la manigueta en la mano. “¡Anda! ¡Mire lo que pasó!”. El tipo miró boquiabierto el pedazo de metal macizo que había quedado en mi mano y luego, reaccionando, me clavó una miradita furiosa y me preguntó: “¿Cómo carajo hiciste para partir esa vaina?”. Saqué la mano por la ventanilla y abrí la puerta desde afuera. “A mí me da pena con usté”, le dije cuando ya estaba a salvo en la acera, “pero pa’mí que esa vaina ya estaba dañada”. Desde ese día, mi amigo Samuel me llama “La Flaca Biónica”.

Bogotá, 1990

Me habían mandado a hacer una entrevista al Polo Club de Bogotá, en la calle 200 entre la Autopista Norte y la carrera 7ª. Me fui en taxi porque el periódico en que trabajaba no tenía vehículo disponible para llevarme. “La dejo aquí, madre, porque yo no voy a meter el carro por ese camino destapado”, me dijo el taxista cuando llegamos a la 200 con Autopista. Si discutía con él me arriesgaba a que me sacara una patae’cabra, así que, mejor echaba pata. Al ratico, escuché un “¿te llevo?”. Me agaché un poco para verle la cara al conductor del Fiat 147 amarillo pollito que había parado a mi lado. Como la portería del club todavía estaba lejos y el tipo me inspiró confianza, acepté el aventón.

“¿Judío?”, le pregunté al verle una especie de kippá en la cabeza. “No, anglicano. ¿Qué haces caminando sola por acá?”. Después de contarle que iba a hacer una entrevista, me preguntó si podía acompañarme. “Sólo por curiosear, quiero aprovechar para ver cómo es por dentro ese club de ricachones”. Aceptado, no le vi problema. Cuando terminé la entrevista, el tipo me dijo que iba hasta la 64 con 10. A mí me servía, pues allí era más fácil conseguir taxi y, además, me ahorraba el estrés de cruzar la peligrosa autopista, que en aquel momento no tenía puentes peatonales.

Subimos por la 200 hasta la carrera 7ª y enrumbamos hacia el sur. Cuando estábamos por la ciento cuarenta y pico, el tipo se desvió, giró a la derecha, y unas cuadras más allá, giró a la izquierda. Yo no dije ni mu, no pregunté nada, ni me moví siquiera, pero ya estaba craneando plan de escape al tiempo que observaba de reojo cada movimiento del tipo y trataba de determinar qué carajo tramaba.

El hombre frenó frente a un edificio y apagó el carro. “Tengo que subir a mi apartamento para cambiarme. No me demoro”, dijo mientras sacaba la llave del carro. “Ok”, contesté. Pero, cuando pasaba frente al carro, el tipo se detuvo y se volteó para decirme: “Si quieres puedes subir y esperarme en la sala. De pronto me demoro un poquito”. Mientras abría la puerta, mientras me bajaba del carro, mientras caminaba detrás suyo, yo me seguía preguntando qué carajo tramaba el tipo y qué carajo hacía yo siguiéndole la jugada. El hombre hablaba, y hablaba, y hablaba mientras subíamos las escaleras hasta el quinto piso. Y siguió hablando mientras abría la puerta de su apartamento. Cuando me senté en el sofá, siguiendo su orden, ya no me preguntaba qué carajo planeaba el tipo sino qué carajo me pasaba a mí, que estaba como apelotardada.

Me pregunté por qué no bajé en la Séptima, por qué no me tiré del carro cuando giró a la derecha, por qué no lo esperé en el carro en vez de haber subido, por qué no esperé en la puerta en vez de haber entrado… Pensaba en eso cuando escuché los pasos del tipo. Cuando me volteé a mirarlo, estuve al borde del yeyo, pero logré ponerle bozal al susto y botoxizar los músculos de mi cara para que no reflejaran mi pánico: estaba descalzo y sin camisa.

Dejé de mirar sus pies blanco-rojizos, que parecían no estar acostumbrados a pisar sin suela, cuando me preguntó “¿cuál crees que me quede mejor?”, mientras me mostraba dos camisas. “Esa”, le dije tratando de sonar relajada. Cuando él regresaba al cuarto a mí me fue entrando una risita nerviosa. “¿Con cuál de estas dos corbatas?”, me preguntó cuando salió de nuevo. “Con esa”, le respondí. El tipo regresó al cuarto. “¿Medias café o negras?”, gritó desde el cuarto. “¡Negras!”, le grité sin dejar de mirar las paredes, los adornos, los muebles. “¿Qué carajo hago aquí?”

Mientras íbamos por la Séptima hacia la 64 con 10, sana y salva, al lado del anglicano que conducía el Fiat 147 amarillo pollito, no dejaba de pensar en que “esta se la tengo que contar a Mónica”. Mala idea, porque cuando dejó de regañarme, me hizo prometerle que no volvería a coger chance. Moni, te juro que dejé de hacerlo… pero la necesidad a veces tiene cara de perro.

Bogotá, 1995

Y de verdad que la tiene. Ese día llovía fuertemente. Eran las cinco y media pasadas y no había taxi que parara, porque en Bogotá los taxistas se esfuman cuando llueve o cuando es hora pico (ese día se conjugaron ambos factores). Yo estaba desesperada porque la señora que cuidaba a mi hijo mayor, que entonces tenía dos años, no era tan puntual para llegar como para irse: 5 y 30, ni un minuto más. Cuando me demoraba en llegar, siquiera 5 minutos, la encontraba parada en la puerta del apartamento, refunfuñando, con su bolso colgando y lista para salir pitada.

Yo observé cada vehículo que pasaba, analizando caras, hasta que elegí una furgoneta. Le hice señas con el pulgar y el tipo paró. Abrí la puerta y me subí de un brinco. El conductor me preguntó para dónde iba y yo le di la dirección, agregándole que le agradecía el aventón pues debía llegar rapidito a mi casa. Después de un ratico de silencio, el tipo me dijo: “Esto es peligroso, ¿sabe? Tanto para el que se sube como para el que recoge”. “Yo sé”, le dije, “pero también sé que usted sabe que no voy a hacerle nada y usted no tiene cara de mala gente”. Al llegar al apartamento, la vieja Sara estaba parada en la puerta, con el bolso colgado del hombro y lista para salir pitada.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Si...me acuerdo bastante bien de la anegdora de la manigueta del carro, creo que ustedes venian del estadio de beisbol 11 de Noviembre...y de algunas de las palabras del pobre tipo: "Pero... señorita...¿Como ha hecho pa romper eso?...Y también recuerdo más de una cantaleta de tu hermana Katia por esa, digamos, relajada costumbre tuya de pedir chance...SAMPY

Anónimo dijo...

y la historia acaba con las medias y la corbata del personaje? pues valla vaina de hombre, si yo consigo engañar a una chica pa que suba amis aposentos..., esa no se escapa jajaja

dani...

Salma Tabet dijo...

No recuerdo ese detalle, Sampy (el de las críticas de mi hermana), pero conociéndola... te lo creo. Un abrazo.

Salma Tabet dijo...

Pues, Danny, el tipo nunca me engañó; lo cursioso es que, sin saber por qué, yo iba cumpliendo las órdenes que me daba. Y, sí, la historia termina con la camisa y la corbata del tipo, ¡gracias a Dios!. :p