19 de noviembre de 2008

Yo supongo, él supone...

Mi hijo menor actuaría en la obra anual de teatro del colegio y había que mandar a hacer su disfraz de Tío Conejo. Le dije a su profe que me parecía que ellos mismos debían ingeniárselas para diseñar sus vestuarios, como parte de Artística, por dos razones: la primera, porque eso estimularía su creatividad y la segunda, porque es más económico. El año pasado fue un papagayo y el traje, de casi 80 mil pesos, está muerto de la risa en un cajón del closet y yo me oponía a un gasto tan innecesario.

La profe me dijo: “¡Listo! Hazle tú el disfraz, ya que él es el único conejo”. Acepté el reto y lo craneé a partir de una sudadera gris, con capucha. Mi esposo consiguió la sudadera, mi suegra hizo las orejas y la cola, y con un círculo de tela de toalla blanca hice la barriga. Pero le faltaba un toque… el de los dientes. Así que fui a una tienda de bromas, convencida de que los encontraría.

“Necesito unos dientes de conejo o algo parecido”, le dije a la vendedora. “Ay, no, no tengo nada de eso. Lo único que tengo de conejo es eso”, me respondió mostrándome un juego de brassier y tanga rosa, con colita y diadema con orejas de conejita. Me reí y le expliqué para qué los buscaba. Ella entendió y buscó bien entre los numerosos cachivaches colgados de las estanterías. Hasta que… “¡Ah, sí! ¡Mire! Esto le puede servir” y me mostró una mascarita compuesta por una nariz, bigotito blanco y unos dientes de conejo, que se adaptaba a la cara por una banda elástica. “¡Perfecto!”, le dije. “¡Esto es mejor que lo que había pensado!”.

Salí del almacén, que quedaba en un segundo piso, con una sonrisa amplia, súper satisfecha con la compra y feliz imaginándome a mi hijo con esa mascarita. Al salir mi mirada se encontró con la de un hombre que estaba parqueado en el borde de la calle. Sin dejar de mirarlo y sin dejar de sonreír, lancé un suspiro. El hombre me miró fijamente y luego miró el aviso del almacén. Yo seguí su mirada: “Tienda de bromas y sex-shop”. Como que me puse roja pues sentí un repentino calor en las mejillas. Por la forma como miró el letrero yo supuse lo que él supuso al ver mi amplia sonrisa de satisfacción.