A propósito de un mail que me envió un amigo sobre lo que opina un hombre de las mujeres mayores de 40.
Cuando estaba en el último año de colegio, me molestó mucho un comentario que hizo Giselle, una compañera de curso, en clase de Filosofía. “Cuando llegue a los 30 me suicido”, dijo. Giselle era una de las más bonitas del curso, por lo que asocié su comentario con el temor a envejecer físicamente. Me molestó porque me pareció un comentario frívolo y contrario a lo que yo pensaba entonces: envejecer es inevitable y hay que asumirlo con dignidad.
Por lo general, cuando alguien piensa en la vejez se centra en el proceso de deterioro físico que afecta no sólo nuestra apariencia externa sino también el funcionamiento de todo nuestro organismo. Pocos son los que esperan encontrar algo positivo en ese proceso natural, la mayoría (al menos en nuestras sociedades contemporáneas y en especial en los más altos niveles socioeconómicos) se asusta con la palabra vejez.
Yo creo que estoy en el segundo grupo, el de los “pocos”. Recuerdo que desde los 12 años quería ser mayor. Claro, dirán, todos queremos ser ‘grandes’ a esa edad para poder hacer lo que no nos dejan nuestros padres. Pero, no. Yo lo que quería era ser mayor, verme mayor, y desde entonces tengo una especie de obsesión con el calendario cuando se acerca la fecha de mi cumpleaños. Así, cuando iba a cumplir 14, quería que fueran los 15; a los 18 quería tener ya los 20... Cumplir 25 no me impactó para nada (me impactaron más los 27 y todavía no sé por qué) y quería más bien tener los 30 (que entre otras cosas fue mi mejor cumpleaños, en el concierto de celebración de los 10 años del Festival de Música del Caribe, en Cartagena, 1991, con fuegos artificiales incluidos y un CD de Mighty Arrow entregado por él mismo, que me escogió entre el público).
Hoy tengo 47 y cuando los cumplí sentí ganas de poder pisar el acelerador para llegar a los 50, tener la menopausia y despedir a mi hijo mayor en el aeropuerto, deseándole los mejores resultados en su recién iniciada etapa de universitario. Luego pasar a los 55 y después, a los 60, edad en la que me visualizo en una casa que tiene un cuarto extra en el que hay una cuna, juguetes, pañales, y una cocina en la que preparo teteros y compotas para mis nietos. Quiero ser como aquella pareja de más de 65 años que hace mucho tiempo encontré haciendo snorkel agarrada de las manos.
Aunque todavía predomina el color natural de mi cabello castaño, tengo ya muchas canas. Al sonreír quedan expuestos a las miradas críticas unos dientes ya no tan blancos y se pavonean las profundas patas de gallo. Mi piel ya no es tan firme y he ido perdiendo el tono muscular. Aún así, me siento en la misma línea de pensamiento de aquella adolescente que se molestó con el comentario de una compañera.
No es que no me impacte mirarme al espejo y ver la efectividad de ese proceso. Aunque no he hecho nada para contrarrestar sus efectos, me choquea a veces. Pero es un relampagazo no más. El proceso interno es el que más me tiene encarretada, porque miro hacia atrás, veo lo que he progresado como persona y me convenzo de que eso no se logra sino con el paso de los años, cuando vas dejando en el camino una serie de actitudes que a estas alturas consideras defectos.
Sigo siendo impulsiva, pero predomina ahora la mesura. Mantengo mi buen sentido del humor, pero ahora es mucho más fino. Ser más reflexiva, anticipar las consecuencias de mis actos, pensar antes de hablar, callar cuando las emociones me embargan no es para nada negativo. Todo lo contrario, me proyecta de una manera tan positiva que algunos me sorprenden con comentarios como: “Me transmites paz”, “cuando te veo se me alegra el día”, “tienes buena energía”. Aclaro: no es algo que me haya propuesto, no es un objetivo… es una consecuencia de ese proceso de envejecimiento y muy agradable, por cierto. Todo eso me permite definirme como una adolescente con cuerpo de adulta, sustancialmente mejorada espiritual, emocional e intelectualmente.
Así que, leer aquel mail no hizo más que inyectarme una dosis extra de optimismo en estos momentos en que me jacto diciendo que tengo los años que tengo, que soy tía abuela y que ya quiero tener la menopausia, ese evento que la mayoría de mujeres considera un contador que marca el final de tus días de mujer productiva y atractiva, y que yo, en cambio, veo como un evento liberador.
En conclusión, a estas alturas tengo mis propias definiciones sobre ser o estar viejo, sentirse viejo y envejecer.
Ser o estar viej@ es haber dejado en el camino todo lo bueno que tenías en tu equipaje: el buen humor, la sensibilidad, la capacidad de asombro, la pasión por lo que haces, el amor por la vida desprovisto del temor obsesivo a la muerte. Y haberlo reemplazado por amarguras, egoísmo, ira, rencor, desesperanza, aburrimiento y falta de sueños.
Sentirse viejo es mirarse al espejo y recibir de vuelta una imagen distorsionada, en la que predominan una serie de 'defectos’ físicos sobredimensionados por una autoestima deprimida; es dejarse apabullar por los achaques propios de la edad; es autolimitarse en el desarrollo de actividades que nos encarretan.
Envejecer, en cambio, es un proceso natural e inevitable que deteriora el aspecto físico pero mejora sustancialmente los aspectos intelectual, emocional y espiritual. Esto último, claro, es opcional. Es uno quien elige.
No sé dónde está Giselle ahora. Lo último que supe, hace más de 15 años, fue que participó en un concurso de belleza en su país de origen. Espero que esté viva y encontrármela algún día, para tener la oportunidad de saber qué piensa ahora.
Cuando estaba en el último año de colegio, me molestó mucho un comentario que hizo Giselle, una compañera de curso, en clase de Filosofía. “Cuando llegue a los 30 me suicido”, dijo. Giselle era una de las más bonitas del curso, por lo que asocié su comentario con el temor a envejecer físicamente. Me molestó porque me pareció un comentario frívolo y contrario a lo que yo pensaba entonces: envejecer es inevitable y hay que asumirlo con dignidad.
Por lo general, cuando alguien piensa en la vejez se centra en el proceso de deterioro físico que afecta no sólo nuestra apariencia externa sino también el funcionamiento de todo nuestro organismo. Pocos son los que esperan encontrar algo positivo en ese proceso natural, la mayoría (al menos en nuestras sociedades contemporáneas y en especial en los más altos niveles socioeconómicos) se asusta con la palabra vejez.
Yo creo que estoy en el segundo grupo, el de los “pocos”. Recuerdo que desde los 12 años quería ser mayor. Claro, dirán, todos queremos ser ‘grandes’ a esa edad para poder hacer lo que no nos dejan nuestros padres. Pero, no. Yo lo que quería era ser mayor, verme mayor, y desde entonces tengo una especie de obsesión con el calendario cuando se acerca la fecha de mi cumpleaños. Así, cuando iba a cumplir 14, quería que fueran los 15; a los 18 quería tener ya los 20... Cumplir 25 no me impactó para nada (me impactaron más los 27 y todavía no sé por qué) y quería más bien tener los 30 (que entre otras cosas fue mi mejor cumpleaños, en el concierto de celebración de los 10 años del Festival de Música del Caribe, en Cartagena, 1991, con fuegos artificiales incluidos y un CD de Mighty Arrow entregado por él mismo, que me escogió entre el público).
Hoy tengo 47 y cuando los cumplí sentí ganas de poder pisar el acelerador para llegar a los 50, tener la menopausia y despedir a mi hijo mayor en el aeropuerto, deseándole los mejores resultados en su recién iniciada etapa de universitario. Luego pasar a los 55 y después, a los 60, edad en la que me visualizo en una casa que tiene un cuarto extra en el que hay una cuna, juguetes, pañales, y una cocina en la que preparo teteros y compotas para mis nietos. Quiero ser como aquella pareja de más de 65 años que hace mucho tiempo encontré haciendo snorkel agarrada de las manos.
Aunque todavía predomina el color natural de mi cabello castaño, tengo ya muchas canas. Al sonreír quedan expuestos a las miradas críticas unos dientes ya no tan blancos y se pavonean las profundas patas de gallo. Mi piel ya no es tan firme y he ido perdiendo el tono muscular. Aún así, me siento en la misma línea de pensamiento de aquella adolescente que se molestó con el comentario de una compañera.
No es que no me impacte mirarme al espejo y ver la efectividad de ese proceso. Aunque no he hecho nada para contrarrestar sus efectos, me choquea a veces. Pero es un relampagazo no más. El proceso interno es el que más me tiene encarretada, porque miro hacia atrás, veo lo que he progresado como persona y me convenzo de que eso no se logra sino con el paso de los años, cuando vas dejando en el camino una serie de actitudes que a estas alturas consideras defectos.
Sigo siendo impulsiva, pero predomina ahora la mesura. Mantengo mi buen sentido del humor, pero ahora es mucho más fino. Ser más reflexiva, anticipar las consecuencias de mis actos, pensar antes de hablar, callar cuando las emociones me embargan no es para nada negativo. Todo lo contrario, me proyecta de una manera tan positiva que algunos me sorprenden con comentarios como: “Me transmites paz”, “cuando te veo se me alegra el día”, “tienes buena energía”. Aclaro: no es algo que me haya propuesto, no es un objetivo… es una consecuencia de ese proceso de envejecimiento y muy agradable, por cierto. Todo eso me permite definirme como una adolescente con cuerpo de adulta, sustancialmente mejorada espiritual, emocional e intelectualmente.
Así que, leer aquel mail no hizo más que inyectarme una dosis extra de optimismo en estos momentos en que me jacto diciendo que tengo los años que tengo, que soy tía abuela y que ya quiero tener la menopausia, ese evento que la mayoría de mujeres considera un contador que marca el final de tus días de mujer productiva y atractiva, y que yo, en cambio, veo como un evento liberador.
En conclusión, a estas alturas tengo mis propias definiciones sobre ser o estar viejo, sentirse viejo y envejecer.
Ser o estar viej@ es haber dejado en el camino todo lo bueno que tenías en tu equipaje: el buen humor, la sensibilidad, la capacidad de asombro, la pasión por lo que haces, el amor por la vida desprovisto del temor obsesivo a la muerte. Y haberlo reemplazado por amarguras, egoísmo, ira, rencor, desesperanza, aburrimiento y falta de sueños.
Sentirse viejo es mirarse al espejo y recibir de vuelta una imagen distorsionada, en la que predominan una serie de 'defectos’ físicos sobredimensionados por una autoestima deprimida; es dejarse apabullar por los achaques propios de la edad; es autolimitarse en el desarrollo de actividades que nos encarretan.
Envejecer, en cambio, es un proceso natural e inevitable que deteriora el aspecto físico pero mejora sustancialmente los aspectos intelectual, emocional y espiritual. Esto último, claro, es opcional. Es uno quien elige.
No sé dónde está Giselle ahora. Lo último que supe, hace más de 15 años, fue que participó en un concurso de belleza en su país de origen. Espero que esté viva y encontrármela algún día, para tener la oportunidad de saber qué piensa ahora.
7 comentarios:
Salma
Ciertamente ignoraba tu edad, a pesar que hace algun tiempo que no te veo, pues ojala todas envejecieran como tu, porque tu eres una mujer muy hermosa y tu unico defecto ha sido el cigarrillo en mi opinion.
con cariño Karl
¡Ja! Gracias, pero te puedo asegurar que no es mi único defecto.
A ver si te gusta ésto:
http://ernestosport.blogspot.com/2008/10/visitando-la-vejez.html
no corras tanto compañera, danny
Bueno, soy acelerada y me cuesta trabajo disminuir la marcha. El acelere se me nota hasta en el caminado (en Cartagena me decían Correcaminos). Pero, eso sí, mastico despacio, así que el saborear las cosas no queda sacrificado.
Uauuuuuuuuu Salma, hoy te pensamos con la Mafe (si aun "tanta" vejez te permite recordar tus bisoñez de estudiante Javereriana).. Ja ja ja, un mal chiste...lo cierto es que buscandote por internet (cómo logramos vivir tantos siglos sin internet!!!) encontre tu blog, que me encanto, y me encanto esto de la vejez, Un abrazo GIGANTE, queremos saber de ti, vente este viernes al encuentro de egresados!
¡Ja! ¡Esta sí que es una sorpresota! ¡Qué rico tu mensaje! Sobre lo de Internet, a mis hijos les he echado el cuento de lo aburridas que eran para mí las clases de informática y las idas a la sala de cómputo, en donde estaban esos aparatos rococó con un servidor todavía parecido a papá Eniac. Si hubiésemos tenido Internet en aquellos años... ¡habríamos hecho maravillas! Gracias por tu comentario. Espera correo de actualización de los últimos ¿20 años? Jeje. ;p Un abrazo para ambas. ¡Ah, Mafe pasó de ladito en una anécdota que está en el blog! Te mando la dirección al mail. Chao.
Salma
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