Con estos días de lluvia intensa, he aprovechado para hacer una siesta por las tardes. Ayer estaba acostada en el camarote de mis hijos, acurrucada en posición fetal y con una cobija encima pues llevamos una semana completa sin ver el sol y la temperatura ha bajado varios grados. Mi hijo menor entró al cuarto y se acomodó a mi lado. Al rato se levantó y pasó por encima mío para bajarse de la cama. Cuando sus pies tocaron el suelo, quedó frenado frente a la ventana. “¡Qué mal! ¡Perdí mi privacidad!”, exclamó mirando a los obreros que construyen un edificio a media cuadra. “Exactamente”, le dije con una sonrisa nostálgica pues lo más rico de esta casa es que puedes andar en ella como quieras y nadie se dará de cuenta, pues no hay edificios cerca y al frente hay un gran pedazo de terreno con árboles.
Mi hijo se quedó mirando unos segundos. “Bueno", dijo encogiéndose de hombros, "también ellos la perdieron”. Y salió del cuarto. Al ratico regresó, con las manos escondidas detrás de su espalda. “Esto es lo que yo llamo doble aumento”, dijo mientras sacaba las manos para mostrarme un par de binóculos y un telescopio. Luego fue hasta la ventana, acomodó los binóculos contra el telescopio y apuntó hacia el edificio.
Mi hijo se quedó mirando unos segundos. “Bueno", dijo encogiéndose de hombros, "también ellos la perdieron”. Y salió del cuarto. Al ratico regresó, con las manos escondidas detrás de su espalda. “Esto es lo que yo llamo doble aumento”, dijo mientras sacaba las manos para mostrarme un par de binóculos y un telescopio. Luego fue hasta la ventana, acomodó los binóculos contra el telescopio y apuntó hacia el edificio.
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