31 de octubre de 2008

Girofilia

Las únicas razones por las que entro a un salón de belleza son: 1) para que me hagan la depilación con cera, y 2) para acompañar a mis hijos a cortarse el cabello cuando en sus colegios comienzan a ponerles problema. Por lo demás, me fastidia entrar a esos sitios en donde abundan los chismes, las revistas de chismes y los comentarios sobre moda y belleza. No, no soy intelectual, ni trascendental, podría afirmar que muchas veces soy bastante light, pero me fastidian los chismes y los temas de moda y belleza.

Por otro lado, la vanidad no me da como para quedarme por horas sentada mientras me mueven la cabeza para acá y para allá hasta lograr un corte simétrico; ni para dejar las manos inmóviles a merced de una manicurista que corta pellejitos con su cortacutículas usado quién sabe cuántas veces; ni para soportar un incómodo gorro pegado al cráneo mientras sacan mechoncitos de cabello para decolorarlo y darle un renovador look de visos rubios.

En fin, el asunto es que tengo sólo aquellas dos razones para ir a una sala de belleza, pero recientemente descubrí una nueva, que me está haciendo cogerles el gustico a esos templos de la vanidad: las sillas giratorias. Desde la primera vez que fui donde Flaminio, mientras espero a que él caliente la cera, me siento en una de las dos sillas en que sienta a sus clientes para cortarles el cabello. Mis piernas quedan colgando, me echo hacia delante y me impulso agarrándome de la manija del cajón de la mesa que está enfrente.

La silla gira con una facilidad increíble, produciéndome una deliciosa sensación de vértigo, y relajo mis piernas para que se dejen llevar por la velocidad de los giros. Cuando disminuye esa velocidad, vuelvo a impulsarme, echo la cabeza hacia atrás y cierro los ojos.

Hace poco estaba en esas cuando Flaminio, que nunca me había pillado, salió del cuarto en donde estaba calentando la cera. “¡Ay, no! ¡Mírenla, pues!”, dijo sonriendo, “como si fuera una niña”. Yo me reí con cierta vergüenza, pero sin dejar de dar vueltas. “Como que te faltó columpio cuando eras chiquita, ¿no?”, me dijo un amigo suyo que estaba sentado en la sala. Yo frené la silla, lo miré a través del espejo y se me vinieron a la cabeza las imágenes de mi última vez en el River View Park, una ciudad de hierro (así se les dice a los parques de atracciones en la costa) que cada año llegaba a Cartagena.

Yo tenía 20 ó 22 años. Apenas supimos que había regresado el River, mis amigos y yo armamos plan y fuimos dispuestos a montarnos en todo. La centrífuga me atrajo desde el principio. Nos subimos en grupo y disfruté como niña con juguete nuevo. Cuando terminó el tiempo, que me pareció cortitico, nos bajamos mareadísimos, trastabillando por las artesanales escaleras de madera. Yo dije que quería volver a subir pero ninguno quiso acompañarme, así que compré mi tiquete y subí de nuevo, sola. Al terminar el tiempo, volví a bajar, a comprar tiquete y a subir a la centrífuga dos veces más. “¡Masoquista!” me dijeron mis amigos, que no podían entender que eso no era para mí un martirio sino un placerzazo.

Esa última vez en el River View no me quedó nada por disfrutar, pero yo daba vueltas como niña hiperactiva buscando en qué volver a subir o a entrar, porque quería más, muchísimo más, no quería parar. Hasta que caí en cuenta de que lo único que me faltaba era subir al carrusel. Fui a la taquilla, compré el tiquete, busqué un caballo que me gustara y me acomodé. Cuando sonó el timbre indicando que la diversión iba a comenzar, el carrusel empezó a girar muy lentamente.

El muchacho que recogía los pases iba de caballo en caballo recogiendo boletos con la cabeza gacha. Cuando se puso a mi lado, estiré la mano para entregarle el mío. “Tiq…”, comenzó a decir, pero se interrumpió mientras hacía un recorrido visual desde mis piernas (que incluso cuando el caballo estaba en su punto más alto quedaban encogidas) hasta mi cara. “¡Nombe, mija!”, dijo y en el tono se le notaba que estaba molesto. “¿Qué te pasa? ¡Bájate, que estás muy grande pa’ esta vaina!”. Hizo señas al de los controles y el carrusel dejó de girar. Desmonté el lindo corcel negro medio cabreada y caminé de mala gana hacia la salida, pasando entre una docena de niños que miraban sorprendidos a la grandulona que se había colado en esa atracción exclusiva para enanos. Mis amigos, que se pillaron el regaño, se rieron de mí hasta cansarse, mientras yo refunfuñaba de rabia.

“Sí” –le contesté al amigo de Flaminio, mirándolo aún a través del espejo–, “me faltó columpio cuando era niña”. Me agarré nuevamente de la manija del cajón de enfrente y me impulsé para seguir dando vueltas en esa silla que me gustaría tener en casa. Pero no sólo columpio… también me faltó carrusel, y más montaña rusa, más centrífuga, más martillo, más silla voladora… Aquí está una prueba de ello: esta foto la tomaron mis hijos durante una competencia de ‘baja-la-escalera-en-ponchera”... les gané a los dos.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Esto solo confirma mis pensamientos: No es que tú no hayas tenido infancia sino que debiste tener unos 15 años más de ella...y aun así creo que hubiese sido insuficiente; eres una niña grande. Sampy