12 de septiembre de 2008

Medusas al atardecer

Mientras 'Hanna' y 'Ike' causaban estragos por allá arriba, azotando a punta de ventarrones y agua todo lo que encontraron a su paso, nosotros acá, en esta islita, éramos azotados por un calor de 34-35° a la sombra. Nunca había sudado tanto como en estas últimas semanas y el mar, visto desde mi balcón o desde la ventanilla del bus que me lleva hasta el trabajo, me hacía guiños. Estaba como un espejo, como una enorme piscina mansa, fresca, adorable, provocativamente quieta. Así que, después de varios meses sin zambullirme en estas cristalinas aguas, el calor me obligó a ir a la playa tres veces en menos de 10 días.

Hace dos días fui por última vez. Estaba feliz flotando esa tarde, con la vista fija en ese cielo azul-azul apenas salpicado por solitarias nubecitas blancas. Me sentía realizada bailando sobre la punta de mis pies, algo que nunca he podido hacer en tierra firme, y haciendo un poco del ejercicio que digo que voy a hacer y siempre evado. Estaba feliz en esa playa semivacía en la que un grupito de personas ensayaba un matrimonio, un abuelo jugaba con dos niños y unos cuantos turistas hacían lo mismo que yo… dejarse consentir por el manso Caribe. Pasé media hora feliz, feliz, ¡FELIZ!, sintiendo las caricias del agua medio tibia y medio fresca. Pero mi media hora de dicha fue abrupta y asquerosamente interrumpida por tres tipos que, aunque no lo hubieran premeditado, terminaron con mi fiesta al meterse al agua.

Se zambulleron uno tras otro, a pocos pasos de la orilla. Me sorprendió que no se hubieran desnucado al clavarse en esa zona de unos 50cm de profundidad. Al emerger, uno de ellos dijo con un vozarrón chocante, como si sus amigos estuviesen a 200 metros de distancia: “¡EL AGUA DE MAR SACA LOS MOCOS, VALE!”. Y comenzó a sonarse la nariz. El segundo hizo lo mismo. “¡QUE SAG-GA TOA ESA VAINA MALA, NO ME JOÑE!”, gritó. Y el tercero no se quedó atrás. “ED-DA, Y YO TENGO GRIPA. ¡A MÍ SÍ QUE ME VAN A SALÍ, MAR...CA!”.


Yo, semisumergida a unos tres metros de ellos, miraba hacia otro lado pero mis parabólicas no podían evitar captar el concierto de narices y los descriptivos comentarios. Uno se sonó tan fuerte que pareció corneta de hincha de estadio ("se le va a salir el cerebro", pensé). A pesar de todo había decidido quedarme en el agua, pero al escuchar un último comentario cambié de opinión. "¡JUE...TA, QUÉ POCO'E MOCO ME HA SALÍO, VALE!", dijo uno de ellos. Entonces, muy discretamente pero con cierta prisa, salí hacia la playa. De repente se me había ocurrido que, aunque la corriente era muuuy leve y no había oleaje, corría el peligro de que esos desechos nasales llegaran flotando hacia mi como si fueran medusas.