Nunca me llamó la atención tener un celular. Supe de ellos en 1993, cuando trabajaba en una empresa-pulpo que era la accionista mayoritaria de una de las dos compañías de telefonía celular que ganaron la licitación; entonces los celulares eran unos aparatos casi del mismo tamaño que el de un teléfono convencional.
Al poco tiempo, casi todas las personas que conocía tenían un celular. Yo era renuente a tener uno. Entre otras cosas me chocaba eso de tener una especie de low jack que me ponía al alcance de los que me requerían, estuviera donde estuviera: en el supermercado, en la calle, en un vehículo, en la iglesia, etc. Ni el mismo gobernador, cuando trabajé con él hace unos años, fue capaz de convencerme de tener uno y nunca quise aprender siquiera a contestar. Por eso se lo bloqueé una vez cuando me pidió que le contestara el suyo. “¿Quién era?”, me preguntó. “No supe, colgaron”, le respondí mirando el mensaje de bloqueo en la pantallita y esperando a que se diera vuelta para poner su celular en algún rincón del escritorio.
Al poco tiempo, casi todas las personas que conocía tenían un celular. Yo era renuente a tener uno. Entre otras cosas me chocaba eso de tener una especie de low jack que me ponía al alcance de los que me requerían, estuviera donde estuviera: en el supermercado, en la calle, en un vehículo, en la iglesia, etc. Ni el mismo gobernador, cuando trabajé con él hace unos años, fue capaz de convencerme de tener uno y nunca quise aprender siquiera a contestar. Por eso se lo bloqueé una vez cuando me pidió que le contestara el suyo. “¿Quién era?”, me preguntó. “No supe, colgaron”, le respondí mirando el mensaje de bloqueo en la pantallita y esperando a que se diera vuelta para poner su celular en algún rincón del escritorio.
Pero uno no puede escapar toda la vida. Hace unos meses, mi amiga Diani me dijo: “Toma, te lo regalo. Vamos a comprar el sim card (o como se llame esa vaina) y lo activamos con una tarjeta”. Mis hijos fueron los más emocionados. “¡Al fin tienes uno!”, dijeron. Yo tardé casi un mes en aprenderme el número y no quería que nadie lo tuviera, precisamente para no ser atrapada por una llamada en la vía pública.
Un día necesitaba recarga. Le pedí a Mauro, nuestro mototaxista de confianza, que me llevara a un sitio en donde pudiera hacerlo. En el camino me habló de una promoción de Comcel que cada día daba el doble de recarga de acuerdo con el último número tuyo. ¿Se entendió eso? En fin, algo que se llamaba “pico y placa”. “Averigüe, que de pronto hoy le toca al suyo”, me dijo.
El sitio al que me llevó resultó ser de nuestro ex vecino cuando teníamos el almacén de ropa. “Hola”, me saludó. “Necesito una recarga”, le dije después de devolver el saludo y le pregunté por la famosa promoción. “Hoy es para los que terminan en 5 y 6. ¿En qué termina el suyo?”. Como yo no me lo sabía, le pregunté a Mauro: “¿Cuál es el nuestro?” y él buscó en su celular, pues lo tenía registrado en su agenda.
En ese momento no entendí por qué el ex vecino puso la cara que puso: boca medio abierta (señal de sorpresa), me miró y luego miró a Mauro. Pagué mi recarga, me despedí y Mauro y yo salimos. Cuando íbamos camino a la casa, me acordé del gesto del ex vecino y comencé a retroceder la película. Entonces comencé a reírme bajito para que Mauro no creyera que yo estaba loca.
El ex vecino conoce a mi marido; mi marido trabaja en otra ciudad desde hace más de un año y medio; que el ex vecino me hubiera visto entrar a su negocio acompañada de otro hombre seguramente no tenía nada de sospechoso hasta que yo le pregunté a Mauro con tanta confianza: “¿Cuál es el NUESTRO?”
Casi no paro de reírme imaginando al ex vecino comentándole a su mujer: “¿Te acuerdas del señor del almacén de ropa? Parece que se separó de la mujer pues ella anda ahora con un mototaxista”. Y a su esposa preguntando: “¿Cómo sabes eso?”. Y él respondiendo: “Es obvio: tienen un celular para los dos”.
El sitio al que me llevó resultó ser de nuestro ex vecino cuando teníamos el almacén de ropa. “Hola”, me saludó. “Necesito una recarga”, le dije después de devolver el saludo y le pregunté por la famosa promoción. “Hoy es para los que terminan en 5 y 6. ¿En qué termina el suyo?”. Como yo no me lo sabía, le pregunté a Mauro: “¿Cuál es el nuestro?” y él buscó en su celular, pues lo tenía registrado en su agenda.
En ese momento no entendí por qué el ex vecino puso la cara que puso: boca medio abierta (señal de sorpresa), me miró y luego miró a Mauro. Pagué mi recarga, me despedí y Mauro y yo salimos. Cuando íbamos camino a la casa, me acordé del gesto del ex vecino y comencé a retroceder la película. Entonces comencé a reírme bajito para que Mauro no creyera que yo estaba loca.
El ex vecino conoce a mi marido; mi marido trabaja en otra ciudad desde hace más de un año y medio; que el ex vecino me hubiera visto entrar a su negocio acompañada de otro hombre seguramente no tenía nada de sospechoso hasta que yo le pregunté a Mauro con tanta confianza: “¿Cuál es el NUESTRO?”
Casi no paro de reírme imaginando al ex vecino comentándole a su mujer: “¿Te acuerdas del señor del almacén de ropa? Parece que se separó de la mujer pues ella anda ahora con un mototaxista”. Y a su esposa preguntando: “¿Cómo sabes eso?”. Y él respondiendo: “Es obvio: tienen un celular para los dos”.
2 comentarios:
Me encanto, simplemente porque son tantas las veces que uno sin querer o hasta queriendo, hace que la mente de las personas vuele de esa manera, y una sonrisita a destiempo y con picardia es genial.
El que nada debe, nada teme. Además, casi siempre le encuentro el lado amable a las situaciones. La vida está llena de situaciones de esas que te sacan sonrisas, a destiempo y a tiempo. Sólo que muchos no se las pillan.
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