16 de septiembre de 2008

Demostrar amor es un acto de valor

Esta noche salí al balcón a fumar. Mi padre estaba en la terraza de su casa, que queda al lado de la mía, sentado en una silla blanca. Alguien pasó caminando por la acera y Chan (mi padre lo bautizó así) salió corriendo a ladrarle. Cuando regresó, el cachorro raza-perdida le revoloteó entre las piernas. Mi padre, de 86-87 años (él no lo tiene claro), le dijo: “¡Ja! ¡Siéntase!”, en su español todavía atravesado después de casi 60 años en este país.

Chan se sentó y vi cómo mi padre, el viejito cascarrabias y refunfuñón, le acarició la cabeza con suavidad. “¡Vaya!”, pensé, “le ha ido mejor a Chan que a mi”. A él siempre le pesó la mano para darme una caricia. Las veces que lo intentó resultaron experiencias dolorosas. Una vez, cuando tenía 8 años, quiso acariciarme la cabeza pero su intento fue tan fuerte que terminó siendo un empujón desde la frente que hizo que me golpeara contra la pared en la que estaba recostada. Me salieron lágrimas y un chichón.

Otra vez, cuando era adolescente y vivíamos en Cartagena, fui al aeropuerto a despedirlo. Quiso acariciarme la mejilla, pero esa lucha interna entre el deseo de mostrar su afecto y el convencimiento de que demostrarlo es señal de debilidad le empujó la mano de modo que terminó dándome una tremenda cachetada. Tan sonora fue que los que estaban alrededor nuestro se voltearon a mirar. Yo, que entendí su verdadera intención, sólo dejé que se me escurrieran las lágrimas y no sobé mi mejilla, que me quedó ardiendo.

Esta noche, viendo la ternura con que mi viejo refunfuñón acariciaba a Chan (un animal que, haga lo que haga, jamás lo rechazaría ni mucho menos le mordería la mano), pensé en lo triste que debe ser sentir cariño por alguien y no tener la valentía que se necesita para demostrarlo.