4 de octubre de 2009

... y habrá una respuesta, mi Pilar

Amiga, no es mucho lo que puedo darte desde tan lejos. Unas llamadas, mi voz a través del teléfono serán siempre insuficientes. Pero te doy esto que a mí me ayuda y que espero también te ayude a partir de este momento, para que un día no tan lejano recuerdes a Álvaro sin sufrimiento. Un abrazo grande y un beso.

24 de agosto de 2009

Apartamento en Bogotá

Vendo o arriendo (amoblado o sin amoblar) apartamento ubicado en la calle 91 con carrera 8, piso 4, en Bogotá (Colombia).

- Tres (3) habitaciones con baño (habitación principal con walking closet).
- Cuarto de servicio con baño.
- Sala.
- Comedor.
- Estudio.
- Estar de alcobas.
- Cocina amplia.
- Zona de lavado de ropa.
- Baño auxiliar.
- Tres (3) garajes y depósito.
- Dos (2) líneas telefónicas.

El edificio cuenta con caldera, planta de energía eléctrica, gas domiciliario, amplio salón comunal, gimnasio, zona de juegos infantiles.

Para solicitar fotos y más información, contácteme a los correos: salma.tabet@gmail.com
o salmatabet@hotmail.com

5 de agosto de 2009

¿Porque me esfumo mientras fumo? Puede ser...

Son las 12:30 a.m., hace 20 minutos acabé el primer cigarrillo del día. Lo esperé con cierto grado de ansiedad, porque estoy comenzando mi tercer día de penitencia, que consiste en fumar la mitad de los cigarrillos que normalmente fumo.

Mientras estaba sentada en el piso del balcón, echando humo por la boca y mirando el cielo con la esperanza de ver las luces de algún OVNI, pensaba en que, definitivamente, me gusta fumar. Lo disfruto, pero es un raro placer que algo tendrá que ver con alguna deficiencia o alteración cerebral, porque sabe mal y huele mal. En un momento me quedé mirando ese rollo delgado de tabaco, papel y filtro tratando de encontrar una razón para fumar. Y creo haberla encontrado: esos cinco minutos en los que mi boca parece el exosto de un vehículo altamente contaminante son fundamentales para meditar. Son cinco minutos en los que me sustraigo, me aíslo, pongo distancia entre el mundo y yo, lo que me permite observarlo todo como si estuviera en un mirador con vista panorámica. Cinco minutos en los que muchas veces encuentro inspiración y otras tantas, el ánimo para continuar o emprender alguna actividad que no me anima mucho. Y a veces esos cinco minutos son también un premio que me doy cuando termino algo que me ha costado esfuerzo.

Para Diani ha sido evidente el poder inspirador del cigarrillo, y cuando trabajábamos juntas varias veces me dijo, después de leer algún texto que me había solicitado: “Oye, baja a fumar, pero llévate papel y lápiz”. Y funcionaba: cuando subía y le entregaba el escrito, sonreía en señal de aprobación.


Llevo 35 años fumando, es más, creo que estoy de aniversario. Fumo desde que vi a mis amigas, ¡se veían tan adultas! Y yo, con esas ganas de verme grande, les pedí que me enseñaran. Desde entonces, creo, sólo he parado dos veces: durante los embarazos. No sé si lo deje algún día; sé que hace daño, sé que el olor que deja en las manos, la boca, el cabello, la piel y la ropa no tiene nada de sexy, sé que es una estupidez… pero es que me da la excusa perfecta para tener unos minutos de inmersión en mi propio mundo cada día. O, mejor, son el mejor camino para llegar allí.

Por ahora, lo estoy resistiendo, ha sido menos traumático que lo que temía. Pero no me atrevo a proponerme dejarlo porque, como dijo un amigo mío, mi fuerza de voluntad está sin estrenar y porque soy la principal saboteadora de mis propósitos. El domingo vence el plazo de esta especie de autoflagelación. Sólo espero resistir hasta entonces.

P.D.: Qué vaina, tardé dos décadas y media para entender aquello de "venga al mundo Marlboro". Que no es más que el mío.

13 de julio de 2009

Hora de trabajar...

Lo básico: Mujer modelo 1961, nacida en San Andrés Isla, capital de la frontera azul colombiana en el mar Caribe. Mi experiencia en el matrimonio es casi tan amplia como mi experiencia laboral (que ya llega a los 20 años) y mi mayor logro en ese campo han sido mis dos hijos. Vivo en la isla, pero estoy dispuesta a trasladarme a otra ciudad, país o planeta, si es necesario.

Historial académico: Las monjitas del colegio de la Sagrada Familia (San Andrés) se encargaron de mi educación durante la primaria, proceso que terminé en 1973. Luego, les tocó ese camello a las carmelitas descalzas del Colegio El Carmelo, en Cartagena. Terminé el bachillerato en noviembre de 1979. Cuatro años después, en enero de 1984, comencé mi formación profesional con los jesuitas de la Pontificia Universidad Javeriana (Bogotá). Aunque no perdí ningún semestre, me gradué en junio de 1990 porque tardé un año y medio haciendo la tesis: Propuesta para abrir un espacio radial en inglés para rescatar la cultura nativa de San Andrés.

Mi última capacitación fue en agosto de 2008, un curso de manejo de Blackboard (plataforma de e-learning o aula virtual), que incluyó manejo de herramientas y diseño de contenido. ¡Gracias, Universidad Nacional de Colombia!

Antes de eso hice otros cursos y talleres; los más interesantes fueron el curso básico de libretos, con Martha Bossio (Bogotá, junio a septiembre de 1994) y el taller Formulación y presentación de proyectos ‘Metodología del Marco Lógico’, ofrecido por Water Management Consultants (San Andrés, 23-27 de octubre de 2000).

Perfil profesional: Creatividad, dinamismo, responsabilidad, expresividad, amabilidad, respeto, de sonrisa fácil y una inagotable energía y capacidad de propuesta son los principales aspectos que me caracterizan. Gracias a eso, he acumulado experiencias con resultados altamente favorables en mi trayectoria como profesional de la comunicación social. ¿Trabajo en equipo? Facilitado por mi espíritu colaborativo y por una capacidad de doble faz: liderar cuando es necesario, pero también seguir al líder, poniendo a su disposición todo lo que sé, lo que puedo hacer y lo que se me ocurre hacer.

He sido reportera en radio, televisión y prensa escrita; editora y correctora de estilo de documentos escritos (desde un simple oficio hasta un documento técnico de 300 páginas); asesora de imagen; jefe de prensa; comunicadora organizacional; organizadora de eventos; docente; escritora; productora de videos; conductora de programas radiales y autora intelectual y material de diversas publicaciones (con énfasis en el área ambiental), para adultos, jóvenes y niños. Nivel intermedio de inglés (hablado, escrito y leído).

Para contactarme, puede dejarme un comentario en este blog o escribirme directamente a l correo (salma.tabet@gmail.com).

5 de junio de 2009

Me gustan los estudiantes

Sé que me quejo mucho, Dramifú. Pero, en el fondo todo esto me ha gustado. Es que el año pasado era un grupo de 15, que al final quedó en 13, y este año me tocó un cambio demasiado brusco para una profesora novata como yo, pues la cantidad de alumnos creció en más del mil por ciento. Imagínate, Dramifú, pasar de 13 estudiantes a más de 150. ¡Todavía no sé el nombre de muchos! Es, más o menos, como pedirle a un arquitecto recién graduado que construya una casa en cuatro meses y cuando la termina, pedirle que construya una urbanización en el mismo tiempo.

Estos cuatro meses se me han ido entre preparar clases, diseñar talleres y actividades, revisar esos talleres y actividades, responder preguntas, asesorar en trabajos escritos, orientar en la formulación de tesis, aplicar exámenes, atender quejas y reclamos, gritar hasta quedar afónica para lograr que mi voz se imponga sobre las de los bulleros y hacer frecuentes llamados de atención: “¡Fulano, cierra Facebook! ¡Sutano, te he dicho cien mil veces que está prohibido chatear! ¡Oye, pelao’, que no puedes jugar ni Habo ni Guerra de pandillas, carajo!”. Pero después me río, cuando no me ven, porque sé que si estuviera en su lugar yo también haría lo mismo.

No ha sido fácil, Dramifú. Este año han sido 25 alumnos por aquí, 19 por allá, 20 más por acá y, más allá, casi 100 en dos grupos. Estos últimos son los que me han tenido al borde del colapso. Con ellos he ejercitado la paciencia hasta fortalecerla; con ellos he tenido que aprender a respirar profundo para dominar al monstruo que llevo dentro, porque advierto que no soy yo cuando me enfurezco y no quería dejarles ver mi lado oscuro. Además, tampoco era conveniente que supieran qué me sacaba la piedra porque si no… ¡pailas! No dejarían de montarla.


Sé que no me pagan para caerles bien sino para que les enseñe, Dramifú, pero es que no me propuse caerles bien sino que la simpatía que algunos terminaron sintiendo por mí les nació silvestre, naturalmente, porque a punta de respirar profundo, de contenerme para no descomponerme, de no responder agresión con agresión, logré romper sus barreras y acercarme a sus corazones. Sí, Dramifú, me les asomé al alma y encontré pozos profundos de los que brotan chorros de frustración, y esos chorros son los que gruñen mientras suben por sus gargantas y revientan labios afuera convertidos en esa algarabía que hace que mi explicación sobre la coherencia y la cohesión se pierda en el salón de clase.


Y, bueno, sé que no me pagan para caerles bien, pero te decía que me les he asomado al alma y esas almas inquietas, incómodas, inconformes lograron tocar la mía hasta hacer convulsionar mi conciencia. Porque estuve a punto de rendirme, Dramifú, y de abandonarlos cuando todavía tenía algo de fuerzas para echar reversa. Pero esas almas me hicieron decidir entre irme como una profesora de la que aprendieron poco o nada y quedarme para ser una maestra que les dejó alguna enseñanza de esas cuya fecha de vencimiento no coincide con la de las vacaciones. Y yo quise ser maestra, aunque no sepan dónde va la coma ni escribir un párrafo coherente ni aplicar bien la regla EGA.


Uno a uno, poco a poco, varios de esos casi cien muchachos que en los primeros dos meses estuvieron a punto de enloquecerme se fueron ganando mi corazón, Dramifú. Estoy cansada, eso sí, porque tanta algarabía agota. Pero, ¡qué carajo!, son cálidos y me han conmovido, como aquellos que al salir de clases me gritan “¡Teacher!”, y agregan un “la amamos” cuando me volteo a mirarlos. Me conmueven con sus palabras, con sus gestos, con sus muestras de que están evolucionando, como la alumna que felicité ayer por su cambio de actitud en mi clase, porque, le confesé, al principio fue para mí lo que los gringos llaman “a pain in the ass”. Y como la inquieta y curiosa estudiante que cuando se acerca a saludarme aparta con suavidad el cabello que me tapa los ojos.


En 8 días dejarán de ser mis alumnos y en 20 días ya no quedará uno solo bajo mi tutela. Se irán de vacaciones y los que decidan no desertar tendrán nuevos profesores. Muy seguramente se olvidarán de la profe Salma, pero yo no podré olvidarlos. Recordaré, en especial, a:

  • Aquel estudiante que me dijo una vez: “Profe, ¿sabe pa’qué estudio? Pa’ ser todo lo que mi papá no ha sido”. Su padre los abandonó cuando él era pequeño y aunque vive en la isla, casi nunca pasa a verlos ni a él ni a su hermano. Tragué en seco.
  • Aquel par que me confesó, con mucho humor, entre risas, que tenían en común que a ambos los abandonaron sus padres y que sus madres están viviendo con tipos que tienen el mismo nombre. Pero detrás de esas risas destelló un rayo de tristeza… es que a nadie le resbala por completo haber sido abandonado o rechazado por su padre. Algo de dolor deja.
  • Aquel grupo de cuarenta y tantos estudiantes que no levantaron la mano cuando les pregunté quiénes estaban estudiando lo que realmente querían estudiar y que hicieron que me sintiera estúpida cuando la respuesta casi unánime a mi ¿por qué? fue: “Porque para estudiar lo que quiero tengo que irme al continente y mi familia no tiene la plata, seño”.
La próxima semana será el examen final del grupo de los casi-cien. En dos semanas será el de los demás. Ya te dije, Dramifú, en el corto plazo será difícil determinar qué tanto aprendieron conmigo, tal vez nunca lo sepa realmente. Pero te lo digo de una: yo aprendí bastante.

27 de marzo de 2009

Nueve días después

Cuando éramos niños
los viejos tenían como treinta,
un charco era un océano,
la muerte lisa y llana
no existía.

Luego, cuando muchachos,
los viejos eran gente de cuarenta,
un estanque era océano,
la muerte, solamente
una palabra.

Ya cuando nos casamos,
los ancianos estaban en cincuenta,
un lago era un océano,
la muerte era la muerte
de los otros.

Ahora, veteranos,
ya le dimos alcance a la verdad,
el océano es por fin el océano,
pero la muerte empieza a ser
la nuestra.

(Pasatiempo, de Mario Benedetti)

Marie Ann (q.e.p.d.) fue amiga entrañable de la infancia y la adolescencia temprana, junto con Zori, Viole, María Clara, La Nena y Adriana. Nos distanciamos en la juventud por diversas circunstancias, todas ajenas a nuestra voluntad. Pero la vida nos permitió re-unirnos esporádicamente cuando, de vuelta yo en la isla, coincidíamos en alguna reunión y cuando me daba chance en su carro o en aquella moto que la condujo al sendero de luz que la llevó hacia su maestro.

Marie Ann, que se fue hace nueve días, a los 46 años, dio en los últimos años una gran muestra de madurez y de paz interior al mirar de frente, casi sin parpadear y sin esquivar la mirada, el tema de la muerte propia. Al irse, quedó un espacio vacío, pero dejó un legado inmaterial formado por un montón de recuerdos que resucitaron, recuerdos llenos de sonrisas, momentos felices y muestras de compinchería.

Tengo una (casi) certeza: esté donde esté, brillará con esa luz que se desbordaba en su sonrisa. Shine, Marie Ann, wherever you are. :)

17 de febrero de 2009

Por unos últimos días más felices

Siempre he pensado que a las personas que tienen sida les debe doler más el rechazo de la sociedad, incluyendo a sus familiares, que el hecho mismo de ser enfermos terminales. La información sobre esta epidemia fue tan alarmista al principio que aún no hemos dejado de asociarla con negros, con homosexuales y con drogadictos. Y ni qué decir de las advertencias sobre contagio: casi dejo de ir al odontólogo por temor a contagiarme, pues había leido en algún diario sobre el caso de un hombre que adquirió el virus en un consultorio.

Es normal que sintamos miedo frente a una persona con sida. Yo, en realidad, no sé lo que haría. Y eso hace que me cuestione como ser humano. Tendría que estar en esa situación para probarme, para medir mi nivel de solidaridad con esas personas que, independientemente de cómo lo contrajeron, dejando a un lado los juicios valorativos, los prejuicios, son tan seres humanos como yo.

Sin duda, quienes escribieron esta canción, quienes compusieron la música y quienes diseñaron la campaña de solidaridad de la que forma parte, rompieron sus barreras del miedo. La interpretan Jacob Desvarieux, Prof A y Dedé Saint-Prix.

Sonrisa triunfal

A veces, cuando termina una película en la tele o en el dvd, me da por levantarme de la cama bailando al ritmo de la música de los créditos, especialmente si es hip-hop o algo por el estilo. No, no es que baile como si me estuvieran viendo… todo lo contrario, como si nadie existiera.

Un día, mi hijo mayor se quedó mirándome y dijo: “Tú sí que bailas feo”. No le pregunté si él cree que siempre bailo así o qué. No importa. El hecho es que eso me llevó a recordar la época en que pertenecí a un ballet folclórico en Cartagena (supongo que no lo hago tan mal si me aceptaron). En fin... el hecho es que recordé aquella época y algunos episodios de mi vida que ocurrieron en ese ambiente de bailarina de cumbia, bullerengue, seresesé, contradanza, puya loca y currulao. Esta es una de esas:

Yo tenía 22 años. Una madrugada, después de una presentación en un grill que quedaba en El Laguito, todos los integrantes del grupo estábamos sentados en las escaleras del centro comercial en donde quedaba el sitio. Dos o tres personas que yo no conocía estaban hablando con la directora del grupo. Uno de ellos, un hombre alto, de barba y bigote, se me acercó y comenzó a hacerme preguntas. Mejor dicho, estaba ‘echándome los perros’. Yo le respondía con evasivas o con mentiras.

“¿Dónde vives?”, preguntó finalmente. “En Manga”, le contesté. “¿En qué parte de Manga?”. Le contesté con tanta seriedad que casi me lo creo: “En el Cuarto Callejón”. El tipo me miró serio y volvió a preguntarme mi dirección. “¡Ándale!”, le dije, “¿por qué no me crees? Vivo en Manga en el Cuarto Callejón”. El tipo me miró un ratico fijamente y luego me dijo: “¿Sabes qué? Yo voy a dar con tu casa”. “¡Eeeeh!”, le dije. “¡Pero si te estoy diciendo que vivo en Manga en el Cuarto Callejón, oye!”. Él dio la espalda y se alejó.

Varios días después, una mañana en que estaba recién levantada de la cama y con una pinta como para no asomarse ni a la ventana, sonó el timbre de mi casa (en Bocagrande, no en Manga, jeje). “Te buscan”, me dijo mi mamá. “¿Quién es? Es que mira la pinta que tengo, me da pena salir así”. “Es Carmiña”, me dijo. Ah, bueno, con ella no me daba pena, así que salí del cuarto y enfilé por el corredor hacia la puerta donde estaba ella parada y sonriente.

“Quiubo, mija. Adivina quién vino a verte”. Yo miré hacia la calle, sonriente, pero lista para esconderme detrás de la puerta para que el incógnito personaje no me viera. Por la forma en que habló, me imaginé que era alguien que yo conocía y que hacía raaaato no veía. O sea.... una sorpresa agradable. Pero... “ni idea. ¿Quién?” Y el hombre alto, de barba y bigote, entró en escena; había estado escondido a un lado de la puerta. “Te dije que iba a dar con tu casa”, me dijo señalándome con el índice. A mí se me congeló la sonrisa; por un lado, por la facha con que me encontró, justo para que comprobara que es absolutamente cierto eso de que “de noche todos los gatos son pardos”. Segundo, por haber sido descubierta en mi mentira. Después de eso quedé como en trance y lo único que puedo recordar es la irónica sonrisa de vencedor que iluminaba la cara del barbudo y la risita de idiota que me entró. De ahí en adelante le eché mano al mejor recurso argumentativo para evadir situaciones incómodas: la verdad y nada más que la verdad.

14 de febrero de 2009

"¿Me acompañas al baño?"

(Imagen tomada de http://farm4.static.flickr.com/3125/2369745512_da62ca697a.jpg)

Muchos hombres se han preguntado por qué las mujeres les pedimos a nuestras amigas que nos acompañen al baño cuando estamos en sitios públicos. Lo que van a leer me llegó por correo y desconozco a su autora, pero lo publico porque es una buenísima descripción que revela el por qué de esa intrigante costumbre femenina:

"El gran secreto de todas las mujeres respecto a los baños es que de chiquita tu mamá te llevaba al baño, te enseñaba a limpiar la tabla del inodoro con papel higiénico y luego ponía tiras de papel cuidadosamente en el perímetro de la taza. Finalmente, te instruía: "Nunca, nunca te sientes en un baño público". Y luego te mostraba 'la posición', que consiste en balancearte sobre el inodoro en una posición de sentarse sin que tu cuerpo haga contacto con la taza.

'La posición' es una de las primeras lecciones de vida de una niña, súper importante y necesaria, nos ha de acompañar durante el resto de nuestras vidas. Pero aún hoy, en nuestros años adultos, 'la posición' es dolorosamente difícil de mantener cuando tu vejiga está a punto de reventar.

Cuando TIENES que ir a un baño público, te encuentras con una cola de mujeres que te hace pensar que adentro está Brad Pitt. Así que te resignas a esperar, sonriendo amablemente a las demás mujeres que también están discretamente cruzando piernas y brazos en la posición oficial de "me estoy 'meando'". Finalmente te toca a ti, si no llega la típica mamá con 'la nenita que no se puede aguantar más'. Entonces verificas cada cubículo por debajo para ver si no hay piernas. Todos están ocupados.

Finalmente uno se abre y te lanzas casi tirando a la persona que va saliendo. Entras y te das cuenta de que el picaporte no funciona (nunca funciona). No importa... cuelgas el bolso del gancho que hay en la puerta, y si no hay gancho (nunca hay gancho), inspeccionas la zona: el suelo está lleno de líquidos indefinidos y no te atreves a dejarlo ahí, así que te lo cuelgas del cuello mientras miras cómo se balancea debajo tuyo, sin contar que te desnuca la correa, porque el bolso está lleno de cositas que fuiste metiendo dentro, la mayoría de las cuales no usás, pero que las tienes por si acaso...

Pero, volviendo a la puerta... como no tenía picaporte, la unica opción es sostenerla con una mano, mientras que con la otra, de un tirón, te bajas la pantaleta y te pones en 'la posición'... Alivio...... AAhhhhhh.... por fin... Ahí es cuando tus muslos empiezan a temblar.... porque estás suspendida en el aire, con las piernas flexionadas, los calzones cortándote la circulación de los muslos, el brazo extendido haciendo fuerza contra la puerta y un bolso de 5 Kg colgando de tu cuello.

Te encantaría sentarte, pero no tuviste tiempo de limpiar la taza ni la cubriste con papel, interiormente crees que no pasaría nada pero la voz de tu madre retumba en tu cabeza: "¡¡Jamás te sientes en un inodoro público!!". Así que te quedas en 'la posición', con el tembleque de piernas... Y por un fallo de cálculo en las distancias, una salpicada finíííííísima del chorrote salpica en tu propio trasero ¡¡¡y te moja hasta las medias!!! Con suerte no te mojas tus propios zapatos, y es que adoptar 'la posición' requiere una gran concentración.

Para alejar de tu mente esa desgracia, buscas el rollo de papel higiénico, peeero... ¡nooo hayyyyyy...! El rollo esta vacío... (siempre). Entonces suplicas al cielo que entre los 5 kilos de cachivaches que llevas en el bolso haya un miserable kleenex, pero para buscar en tu bolso tienes que soltar la puerta, dudas un momento, pero no hay más remedio...Y en cuanto la sueltas, alguien la empuja y tienes que frenar con un movimiento rápido y brusco, mientras gritas "¡¡¡OCUPAAADOOOO!!!". Ahí das por hecho que todas las que esperan en el exterior escucharon tu mensaje y ya puedes soltar la puerta sin miedo, nadie intentará abrirla de nuevo (en eso las mujeres nos respetamos mucho).

Sin contar el agarrón del portazo, el desnuque con la correa del bolso, el sudor que corre por tu frente, la salpicada del chorro en las piernas... El recuerdo de tu mamá, que estaría avergonzadísima si te viera así, porque su trasero nunca tocó el asiento de un baño público, porque, francamente, 'tú no sabes qué enfermedades podrías agarrarte ahí'.... Estás exhausta, cuando te paras ya no sientes las piernas, te acomodas la ropa rapidísimo y tiras la cadena ¡con un pie, sobretodo! Muy importante.

Entonces, vas al lavamanos. Todo está lleno de agua, así que no puedes soltar el bolso ni un segundo, te lo cuelgas al hombro, no sabes cómo funciona la canilla con los sensores automáticos, así que tocas hasta que sale un chorrito de agua fresca, y consigues jabón, te lavas en una posición de jorobado de Notredame para que no se resbale el bolso y quede abajo del chorro... El secador ni lo usas, es un trasto inútil, así que terminas secándote las manos en tus pantalones, porque no piensas gastar tu kleenex para eso y sales... En este momento ves a tu chico, que entró y salió del baño de hombres y encima le quedó tiempo de sobra para leer un libro de Borges mientras te esperaba. "¿Por qué tardaste tanto?'', te pregunta el idiota. "Había mucha cola", te limitas a decir.

Y esta es la razón por la que las mujeres vamos en grupo al baño, por solidaridad, ya que una te aguanta el bolso y el abrigo, la otra te sujeta la puerta, otra te pasa el kleenex por debajo de la puerta y así es mucho más sencillo y rápido, ya que uno sólo tiene que concentrarse en mantener 'la posición' y la dignidad. ¡¡¡Gracias a todas las que me acompañaron alguna vez al baño y me sirvieron de perchero o tenedora de puerta!!!"

11 de febrero de 2009

Aunque sea con tu sombra en la pared

Me gusta bailar. Siempre me ha gustado y soy una bailarina profesional frustrada. Ese sueño de ser una gran bailarina de danza clásica, de ballet, estuve a punto de lograrlo a los 10 años, cuando en esta tierra de pocas oportunidades mi madre me inscribió en Boston School, una academia de inglés y ballet clásico dirigido por una cincuentona gringa. Cincuentona amargada como ninguna, con su cabello de Barbie de los años 60, tan tieso como su cara.

Era miss Mónica, una oportunista que, tras un frustrado 'sueño americano’, habrá venido en busca del sueño latinoamericano (un amante, digo yo), que aterrizó en esta islita perdida en el Caribe y para mantenerse económicamente montó su escuela. La gran cosa, el gran acontecimiento para este pueblo que entonces no tendría más de 15 mil habitantes, unos cuantos colegios, dos salas de cine y mucho mar, que era (y sigue siendo) el gran parque de diversiones del pueblo raso y de la aristocracia local.

Zory, Viole, Marie Ann, Javier, Jack, Frank y, por supuesto, mi hermana y yo, por decisión de nuestras madres deseosas de que avanzáramos un peldaño en la escala de habilidades artísticas y de que aprendiéramos algo más que yes, mother, father, thank you and please, nos inscribieron en la bendita academia. Un mes, dos meses… creo que no llegamos a los tres: nuestras madres terminaron por convencerse de que, tal como lo habíamos denunciado sin éxito en dos ocasiones, los métodos pedagógicos de la dueña-directora no eran convenientes para la salud mental de sus polluelos.

Por ejemplo, en un día de ira incontenible, lanzó el maletín de Javier a la mitad de la calle, a mí me reventó tres veces seguidas contra las paredes del salón (de madera, afortunadamente) porque me estaba riendo (reacción nerviosa ante su ataque de histeria) y a Zori le restregó la cara contra el vidrio de la puerta principal.

En otra ocasión, en plena clase de inglés, me ordenó botar el chicle. Como no vi caneca cerca, lo lancé con fuerza y cayó al otro lado de la calle, en un lote enmontado. La Endora me ordenó que lo buscara, lo recogiera y lo echara a una caneca. Protesté. “Está oscurísimo, ¿cómo voy a encontrarlo?”, le dije. “No me importa, como sea, lo trae y lo echa a una caneca”. Total: perdí el tiempo de clase tratando de encontrar el bendito chicle sin lograrlo. “Pero esto no se queda así”, le dije a Jack. “Mañana me traes unos huevos, que se los voy a tirar a esta vieja loca”. Y Jack se lo tomó a pecho: al día siguiente me entregó un par de huevos cuando salimos de clases.

¡Zaz! Cayó el primero justo sobre el papel en que escribía. Muy tiesa, (y muy maja, hay que reconocerlo), miss Mónica limpió sus gafas, botó el papel, limpió su escritorio y siguió escribiendo en otra hoja. ¡Zaz! Le zampé el segundo. Esta vez sí se levantó de la silla y salió corriendo hacia la puerta para ver quién carajo lo había hecho. Gracias a Dios alcancé a esconderme.

La clase de ballet no era más agradable. Una vez me obligó a doblar tanto el cuerpo que sentí que la columna se me zafaba. Salí de clase con tanta piedra que le saboteé la sesión con el siguiente grupo: le rayé el disco de La Danza de los Cisnes lanzando un tarro vacío de talcos Mexana sobre el tocadiscos (les recuerdo: de fonógrafo se pasó a radiola, de radiola a tocadiscos, de tocadiscos a equipo de sonido). Nuevamente alcancé a esconderme cuando se asomó para descubrir al culpable.

Bueno, el cuento es que por culpa de miss Mónica soy una bailarina frustrada. Pero aunque no hice mucha escuela (algunas clases de baile en el colegio y participación en un grupo de danzas folclóricas), me encanta bailar y lo hago cada vez que puedo… pero generalmente en la intimidad de mi casa. Bailo porque me gusta, bailo porque me reanima, bailo porque me alegra, bailo porque me sube el ánimo. Bailar es una recarga de energía y cuando veo a alguien que baila con gusto, aunque no sea un buen bailarín… me dan ganas de hacer lo mismo.

Hoy recibí por mail este video, me encantó y creo que es un buen argumento para comprobar mi tesis de que el baile es una recarga, y que cuando alguien baila con gusto puede producir una positiva reacción en cadena. La dirección original es http://antwrp.gsfc.nasa.gov/apod/ap080722.html. Disfrútenlo, bailen cada vez que puedan y sigan bailando, que azotar baldosa hace que fluya la alegría. En otras palabras: una pista de baile, cualquiera que sea, es como un lagar en el que se le saca jugo a la vid...a.

26 de enero de 2009

Pedir un aventón – Echar dedo – Pedir chance – Hacer autostop

Pedir chance es una costumbre universal: tanto en Sudáfrica como en Polonia, tanto en Estados Unidos como en India, en Australia y en Colombia se pide chance, se echa dedo, se hace autostop, se pide un aventón. Las razones para hacerlo son muchas: falta de dinero, escasez de transporte público, ganas de aventurar, solidaridad con las futuras generaciones (menos consumo de combustibles fósiles = menos calentamiento global), etc. Desde que era adolescente tengo esa costumbre y aún la tengo. Mis razones: diversión, falta de dinero, falta de transporte público y a veces… porque sí. El tipo de vehículo es lo de menos, lo importante siempre ha sido que ande y que me lleve.

Cartagena, 1974

No recuerdo cuándo fue la primera vez que pedí chance, pero la memoria me lleva hasta 1974, cuando estaba en 6°. El colegio El Carmelo quedaba en una casona de Bocagrande, pero como no tenía suficiente espacio para hacer deportes en clases de Educación Física, teníamos que trasladarnos hasta el coliseo de la Armada Nacional, que quedaba a unas 10 cuadras. El bus del colegio nos llevaba hasta allá.

Un día, a Gisela y a mi nos dio por irnos aparte. Salimos antes que el bus y comenzamos a caminar, pero al ratico nos entró la flojera, pues el sol ya estaba recalentando el asfalto de la calle y el cemento de la acera. No habíamos caminado tres cuadras cuando echamos dedo. Un señor muy amable, que conducía un cuatro ruedas de un caballo de fuerza, nos recogió. “¡Ustedes son locas!”, gritó una de nuestras compañeras cuando el bus del colegio pasó al lado nuestro, mientras las demás se burlaban. Nosotras, que no habíamos parado de reírnos desde que nos subimos, soltamos las carcajadas mientras nos bamboleábamos en la parte trasera de la vieja carreta cargada de hierba seca y tirada por un caballo de finca.

Cartagena, 1979

El conductor del carro color crema y modelo sesenta y pico frenó lentamente hasta parar. Todas echamos a correr. Oli, Pachi y las mellas se embutieron atrás y yo, que era la que había echado dedo, me subí adelante. Cuando estábamos frente a mi casa, le pedí al conductor que parara. El tipo frenó y le di las gracias; pero, al abrir la puerta, me quedé con la manigueta en la mano. “¡Anda! ¡Mire lo que pasó!”. El tipo miró boquiabierto el pedazo de metal macizo que había quedado en mi mano y luego, reaccionando, me clavó una miradita furiosa y me preguntó: “¿Cómo carajo hiciste para partir esa vaina?”. Saqué la mano por la ventanilla y abrí la puerta desde afuera. “A mí me da pena con usté”, le dije cuando ya estaba a salvo en la acera, “pero pa’mí que esa vaina ya estaba dañada”. Desde ese día, mi amigo Samuel me llama “La Flaca Biónica”.

Bogotá, 1990

Me habían mandado a hacer una entrevista al Polo Club de Bogotá, en la calle 200 entre la Autopista Norte y la carrera 7ª. Me fui en taxi porque el periódico en que trabajaba no tenía vehículo disponible para llevarme. “La dejo aquí, madre, porque yo no voy a meter el carro por ese camino destapado”, me dijo el taxista cuando llegamos a la 200 con Autopista. Si discutía con él me arriesgaba a que me sacara una patae’cabra, así que, mejor echaba pata. Al ratico, escuché un “¿te llevo?”. Me agaché un poco para verle la cara al conductor del Fiat 147 amarillo pollito que había parado a mi lado. Como la portería del club todavía estaba lejos y el tipo me inspiró confianza, acepté el aventón.

“¿Judío?”, le pregunté al verle una especie de kippá en la cabeza. “No, anglicano. ¿Qué haces caminando sola por acá?”. Después de contarle que iba a hacer una entrevista, me preguntó si podía acompañarme. “Sólo por curiosear, quiero aprovechar para ver cómo es por dentro ese club de ricachones”. Aceptado, no le vi problema. Cuando terminé la entrevista, el tipo me dijo que iba hasta la 64 con 10. A mí me servía, pues allí era más fácil conseguir taxi y, además, me ahorraba el estrés de cruzar la peligrosa autopista, que en aquel momento no tenía puentes peatonales.

Subimos por la 200 hasta la carrera 7ª y enrumbamos hacia el sur. Cuando estábamos por la ciento cuarenta y pico, el tipo se desvió, giró a la derecha, y unas cuadras más allá, giró a la izquierda. Yo no dije ni mu, no pregunté nada, ni me moví siquiera, pero ya estaba craneando plan de escape al tiempo que observaba de reojo cada movimiento del tipo y trataba de determinar qué carajo tramaba.

El hombre frenó frente a un edificio y apagó el carro. “Tengo que subir a mi apartamento para cambiarme. No me demoro”, dijo mientras sacaba la llave del carro. “Ok”, contesté. Pero, cuando pasaba frente al carro, el tipo se detuvo y se volteó para decirme: “Si quieres puedes subir y esperarme en la sala. De pronto me demoro un poquito”. Mientras abría la puerta, mientras me bajaba del carro, mientras caminaba detrás suyo, yo me seguía preguntando qué carajo tramaba el tipo y qué carajo hacía yo siguiéndole la jugada. El hombre hablaba, y hablaba, y hablaba mientras subíamos las escaleras hasta el quinto piso. Y siguió hablando mientras abría la puerta de su apartamento. Cuando me senté en el sofá, siguiendo su orden, ya no me preguntaba qué carajo planeaba el tipo sino qué carajo me pasaba a mí, que estaba como apelotardada.

Me pregunté por qué no bajé en la Séptima, por qué no me tiré del carro cuando giró a la derecha, por qué no lo esperé en el carro en vez de haber subido, por qué no esperé en la puerta en vez de haber entrado… Pensaba en eso cuando escuché los pasos del tipo. Cuando me volteé a mirarlo, estuve al borde del yeyo, pero logré ponerle bozal al susto y botoxizar los músculos de mi cara para que no reflejaran mi pánico: estaba descalzo y sin camisa.

Dejé de mirar sus pies blanco-rojizos, que parecían no estar acostumbrados a pisar sin suela, cuando me preguntó “¿cuál crees que me quede mejor?”, mientras me mostraba dos camisas. “Esa”, le dije tratando de sonar relajada. Cuando él regresaba al cuarto a mí me fue entrando una risita nerviosa. “¿Con cuál de estas dos corbatas?”, me preguntó cuando salió de nuevo. “Con esa”, le respondí. El tipo regresó al cuarto. “¿Medias café o negras?”, gritó desde el cuarto. “¡Negras!”, le grité sin dejar de mirar las paredes, los adornos, los muebles. “¿Qué carajo hago aquí?”

Mientras íbamos por la Séptima hacia la 64 con 10, sana y salva, al lado del anglicano que conducía el Fiat 147 amarillo pollito, no dejaba de pensar en que “esta se la tengo que contar a Mónica”. Mala idea, porque cuando dejó de regañarme, me hizo prometerle que no volvería a coger chance. Moni, te juro que dejé de hacerlo… pero la necesidad a veces tiene cara de perro.

Bogotá, 1995

Y de verdad que la tiene. Ese día llovía fuertemente. Eran las cinco y media pasadas y no había taxi que parara, porque en Bogotá los taxistas se esfuman cuando llueve o cuando es hora pico (ese día se conjugaron ambos factores). Yo estaba desesperada porque la señora que cuidaba a mi hijo mayor, que entonces tenía dos años, no era tan puntual para llegar como para irse: 5 y 30, ni un minuto más. Cuando me demoraba en llegar, siquiera 5 minutos, la encontraba parada en la puerta del apartamento, refunfuñando, con su bolso colgando y lista para salir pitada.

Yo observé cada vehículo que pasaba, analizando caras, hasta que elegí una furgoneta. Le hice señas con el pulgar y el tipo paró. Abrí la puerta y me subí de un brinco. El conductor me preguntó para dónde iba y yo le di la dirección, agregándole que le agradecía el aventón pues debía llegar rapidito a mi casa. Después de un ratico de silencio, el tipo me dijo: “Esto es peligroso, ¿sabe? Tanto para el que se sube como para el que recoge”. “Yo sé”, le dije, “pero también sé que usted sabe que no voy a hacerle nada y usted no tiene cara de mala gente”. Al llegar al apartamento, la vieja Sara estaba parada en la puerta, con el bolso colgado del hombro y lista para salir pitada.

25 de noviembre de 2008

Shine, Aswad, shine

Shine es uno de los temas del album Shine and rise (1994), de Aswad, grupo de reggae del que supe apenas en 1993, cuando me regalaron su cd Distant thunder (1988). Shine es uno de los temas que más me gustan de este grupo.

Ooh aah ooh ooh ooh ooh aah
Ooh aah ooh ooh ooh ooh aah

(CHORUS:)
Come on and shine (shine), shine like a star (ah-ha)
Shining so bright (ah-ha) like the star that you are (ah-ha)
Oh oh oh oh shine (shine) into the future (ah-ha)
Spreading your light (ah-ha) wherever you are (ah-ha)

I burn like a fire left in the rain
As I run the race, oh yes I feel the pain
From the resistance I'm feeling the strain
Now the realization is that we are all born the same

(CHORUS)

I reach for the moon and I reach for the stars (ooh ooh ooh)
With the strength from within me yeah, the further and faster I run
Stretching my sinews to the bone (ooh)
Achieving all goals that I seek, I know I must do it alone (ooh ooh ooh)

(BRIDGE:)
When they said I'd never make it
I found strength from within (ooh)
'Cause it is there if you seek it
So you can get it if you really want so

Shine (shine), shine like a star (ah-ha)
Shining so bright (ah-ha) like the star that you are (ah-ha)
Oh oh oh oh shine (shine) into the future (ah-ha)
Spreading your light (ah-ha) wherever you are (ah-ha)

Oh oh oh oh shine
Shine, shine your light
Shine, shine your light, yes we're badder than bad
Nigel Benn, the warrior, called the dark destroyer
Eubank, simply the best, nobody alive can touch that
Linford Christie, say nobody alive can catch me
Moving like lightning with enough energy
Shine, shine your light, yes we're badder than bad
Shine, shine your light, yes we're badder than bad
Him a floating like a butterfly, the hurdling man
Yes, me a chat about Colin Jackson
The crowd is roaring, Ian Wright scoring
Boogie man a fe the mighty champion fe we (ooh ooh ooh)
(Tomada de http://www.lyricsdownload.com/aswad-shine-lyrics.html)

19 de noviembre de 2008

Yo supongo, él supone...

Mi hijo menor actuaría en la obra anual de teatro del colegio y había que mandar a hacer su disfraz de Tío Conejo. Le dije a su profe que me parecía que ellos mismos debían ingeniárselas para diseñar sus vestuarios, como parte de Artística, por dos razones: la primera, porque eso estimularía su creatividad y la segunda, porque es más económico. El año pasado fue un papagayo y el traje, de casi 80 mil pesos, está muerto de la risa en un cajón del closet y yo me oponía a un gasto tan innecesario.

La profe me dijo: “¡Listo! Hazle tú el disfraz, ya que él es el único conejo”. Acepté el reto y lo craneé a partir de una sudadera gris, con capucha. Mi esposo consiguió la sudadera, mi suegra hizo las orejas y la cola, y con un círculo de tela de toalla blanca hice la barriga. Pero le faltaba un toque… el de los dientes. Así que fui a una tienda de bromas, convencida de que los encontraría.

“Necesito unos dientes de conejo o algo parecido”, le dije a la vendedora. “Ay, no, no tengo nada de eso. Lo único que tengo de conejo es eso”, me respondió mostrándome un juego de brassier y tanga rosa, con colita y diadema con orejas de conejita. Me reí y le expliqué para qué los buscaba. Ella entendió y buscó bien entre los numerosos cachivaches colgados de las estanterías. Hasta que… “¡Ah, sí! ¡Mire! Esto le puede servir” y me mostró una mascarita compuesta por una nariz, bigotito blanco y unos dientes de conejo, que se adaptaba a la cara por una banda elástica. “¡Perfecto!”, le dije. “¡Esto es mejor que lo que había pensado!”.

Salí del almacén, que quedaba en un segundo piso, con una sonrisa amplia, súper satisfecha con la compra y feliz imaginándome a mi hijo con esa mascarita. Al salir mi mirada se encontró con la de un hombre que estaba parqueado en el borde de la calle. Sin dejar de mirarlo y sin dejar de sonreír, lancé un suspiro. El hombre me miró fijamente y luego miró el aviso del almacén. Yo seguí su mirada: “Tienda de bromas y sex-shop”. Como que me puse roja pues sentí un repentino calor en las mejillas. Por la forma como miró el letrero yo supuse lo que él supuso al ver mi amplia sonrisa de satisfacción.

31 de octubre de 2008

Girofilia

Las únicas razones por las que entro a un salón de belleza son: 1) para que me hagan la depilación con cera, y 2) para acompañar a mis hijos a cortarse el cabello cuando en sus colegios comienzan a ponerles problema. Por lo demás, me fastidia entrar a esos sitios en donde abundan los chismes, las revistas de chismes y los comentarios sobre moda y belleza. No, no soy intelectual, ni trascendental, podría afirmar que muchas veces soy bastante light, pero me fastidian los chismes y los temas de moda y belleza.

Por otro lado, la vanidad no me da como para quedarme por horas sentada mientras me mueven la cabeza para acá y para allá hasta lograr un corte simétrico; ni para dejar las manos inmóviles a merced de una manicurista que corta pellejitos con su cortacutículas usado quién sabe cuántas veces; ni para soportar un incómodo gorro pegado al cráneo mientras sacan mechoncitos de cabello para decolorarlo y darle un renovador look de visos rubios.

En fin, el asunto es que tengo sólo aquellas dos razones para ir a una sala de belleza, pero recientemente descubrí una nueva, que me está haciendo cogerles el gustico a esos templos de la vanidad: las sillas giratorias. Desde la primera vez que fui donde Flaminio, mientras espero a que él caliente la cera, me siento en una de las dos sillas en que sienta a sus clientes para cortarles el cabello. Mis piernas quedan colgando, me echo hacia delante y me impulso agarrándome de la manija del cajón de la mesa que está enfrente.

La silla gira con una facilidad increíble, produciéndome una deliciosa sensación de vértigo, y relajo mis piernas para que se dejen llevar por la velocidad de los giros. Cuando disminuye esa velocidad, vuelvo a impulsarme, echo la cabeza hacia atrás y cierro los ojos.

Hace poco estaba en esas cuando Flaminio, que nunca me había pillado, salió del cuarto en donde estaba calentando la cera. “¡Ay, no! ¡Mírenla, pues!”, dijo sonriendo, “como si fuera una niña”. Yo me reí con cierta vergüenza, pero sin dejar de dar vueltas. “Como que te faltó columpio cuando eras chiquita, ¿no?”, me dijo un amigo suyo que estaba sentado en la sala. Yo frené la silla, lo miré a través del espejo y se me vinieron a la cabeza las imágenes de mi última vez en el River View Park, una ciudad de hierro (así se les dice a los parques de atracciones en la costa) que cada año llegaba a Cartagena.

Yo tenía 20 ó 22 años. Apenas supimos que había regresado el River, mis amigos y yo armamos plan y fuimos dispuestos a montarnos en todo. La centrífuga me atrajo desde el principio. Nos subimos en grupo y disfruté como niña con juguete nuevo. Cuando terminó el tiempo, que me pareció cortitico, nos bajamos mareadísimos, trastabillando por las artesanales escaleras de madera. Yo dije que quería volver a subir pero ninguno quiso acompañarme, así que compré mi tiquete y subí de nuevo, sola. Al terminar el tiempo, volví a bajar, a comprar tiquete y a subir a la centrífuga dos veces más. “¡Masoquista!” me dijeron mis amigos, que no podían entender que eso no era para mí un martirio sino un placerzazo.

Esa última vez en el River View no me quedó nada por disfrutar, pero yo daba vueltas como niña hiperactiva buscando en qué volver a subir o a entrar, porque quería más, muchísimo más, no quería parar. Hasta que caí en cuenta de que lo único que me faltaba era subir al carrusel. Fui a la taquilla, compré el tiquete, busqué un caballo que me gustara y me acomodé. Cuando sonó el timbre indicando que la diversión iba a comenzar, el carrusel empezó a girar muy lentamente.

El muchacho que recogía los pases iba de caballo en caballo recogiendo boletos con la cabeza gacha. Cuando se puso a mi lado, estiré la mano para entregarle el mío. “Tiq…”, comenzó a decir, pero se interrumpió mientras hacía un recorrido visual desde mis piernas (que incluso cuando el caballo estaba en su punto más alto quedaban encogidas) hasta mi cara. “¡Nombe, mija!”, dijo y en el tono se le notaba que estaba molesto. “¿Qué te pasa? ¡Bájate, que estás muy grande pa’ esta vaina!”. Hizo señas al de los controles y el carrusel dejó de girar. Desmonté el lindo corcel negro medio cabreada y caminé de mala gana hacia la salida, pasando entre una docena de niños que miraban sorprendidos a la grandulona que se había colado en esa atracción exclusiva para enanos. Mis amigos, que se pillaron el regaño, se rieron de mí hasta cansarse, mientras yo refunfuñaba de rabia.

“Sí” –le contesté al amigo de Flaminio, mirándolo aún a través del espejo–, “me faltó columpio cuando era niña”. Me agarré nuevamente de la manija del cajón de enfrente y me impulsé para seguir dando vueltas en esa silla que me gustaría tener en casa. Pero no sólo columpio… también me faltó carrusel, y más montaña rusa, más centrífuga, más martillo, más silla voladora… Aquí está una prueba de ello: esta foto la tomaron mis hijos durante una competencia de ‘baja-la-escalera-en-ponchera”... les gané a los dos.

22 de octubre de 2008

Holanda une voces contra el secuestro en Colombia

La Fundación Manos Amigas nació en el año 2003 y tiene sede en Holanda. Sus miembros se cranean todo tipo de actividades para conseguir los recursos para financiar sus proyectos, que se centran en Colombia. Su último proyecto es una campaña de solidaridad con los secuestrados en nuestro país, en asocio con el Centro de Cooperación Internacional Groningen (COS Groningen). Les dejo el enlace a los boletines (bilingües, en holandés y español) para que conozcan la Fundación y sus proyectos, los hagan circular y apoyen de cualquier manera su iniciativa solidaria, que pretende alimentar la esperanza de quienes aún siguen en cautiverio. ¡Buen punto, señores!